Cristo de los Remedios


“Salvó a otros y a sí mismo no puede salvarse. Si es el rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en Él”. (Mateo 27, 42)

 

Esta fina talla, realizada en madera policromada, se conserva en la Santa Iglesia Catedral, donde preside el Altar Mayor sobre un tabernáculo realizado por el artista grancanario Luján Pérez y pintado por Manuel Acosta de Villavicencio. Reside en dicha iglesia desde el siglo XVI, y ya desde el XVII se le consideraba de muchísima Antigüedad, tanto que no hay noticia de su origen.

Representa esta talla un Cristo expirante, con extraordinarios detalles; una obra que como muchas de las que se encuentran en nuestro archipiélago, delata el influjo ejercido por el Cristo de La Laguna, por lo que debe considerarse realizada en la isla, bien por un escultor local o foráneo. Comenta el historiador Carlos Rodríguez Morales que esta imagen guarda relación con el Cristo de la Misericordia, que Rui Díaz tallará para la cofradía de la Vera Cruz de La Orotava en 1585, talla que también acusa la influencia del crucificado del convento franciscano. Algo que quizás se ve más claro, en esta obra de la iglesia lagunera, en el rostro y en el paño de pureza. Vemos en esta escultura un hermoso estudio anatómico y un gran realismo en su rostro y llagas. Un Cristo que se representa ya muerto, con la boca entreabierta y una espina, como en el Cristo del Rescate o en el de la Piedad, que asoma bajo su ceja derecha.

Los primeros datos documentales sobre el culto a la imagen aparecen en la primera mitad del siglo XVII; incluso el propio Moure, en su descripción sobre el retablo de Mazuelos, habla de que el Cristo ocupaba la hornacina superior del retablo, aunque es algo que no está del todo claro, porque no es normal que una pieza que ocupara un lugar tan destacado pasara posteriormente a estar en un lugar secundario dentro del templo. Y no será hasta el año 1654, gracias a la intervención del beneficiado Luis Parrado de León, a cuyas expensas fue realizado el retablo, obra del maestro Domingo Hernández, cuando el Cristo se traslade a su ubicación definitiva. Una capilla que va a servir para los enterramientos de los eclesiásticos que ejercían su ministerio en el templo. A partir de aquí debió fundarse la cofradía, integrada por los capellanes, aunque a pesar de ser una cofradía cerrada, la devoción a la imagen se extendió entre los fieles y también entre los seglares. Así, en 1670 el capitán Francisco Tomás de Franchy y su esposa Ana de Brier donaron por escritura pública la cruz y peana de plata con la cual procesiona el Cristo en la actualidad. A partir de 1721 su culto cobró un renovado impulso al fundarse, sobre la asociación de eclesiásticos preexistentes, una confraternidad que lo tenía por titular.