D. Ramón de Ascanio y Montemayor, verdadero precursor de las actuales procesiones de Semana Santa

Ramón de Ascanio y Montemayor

Los años cincuenta del siglo XX contemplaron el engrandecimiento de nuestras procesiones de Semana Santa con la creación de nuevas hermandades y cofradías para acompañar los pasos existentes y la incorporación de nuevos pasos a los desfiles procesionales. Al mismo tiempo, hizo su aparición el hábito penitencial sevillano por primera vez en La Laguna,[1] de la mano de la Hermandad de la Sangre, que desfilaría por nuestras calles en la Semana Santa de 1951.

Sin embargo, ya un cuarto de siglo antes, el panorama procesional de nuestra Semana Santa fue objeto de análisis por un lagunero amante de su ciudad. D. Ramón de Ascanio y Montemayor, descendiente de familias de noble apellido, militar, catedrático de lengua inglesa en la Escuela de Comercio de Santa Cruz de Tenerife, perito agrónomo, socio del Casino de La Laguna y presidente de la Cámara Oficial Agrícola de La Laguna entre otras ocupaciones, además de ser esclavo del Stmo. Cristo lagunero, fue gran conocedor de los entresijos de nuestras celebraciones.

Su amor a La Laguna y a su Semana Santa le hizo reflexionar en soledad o en compañía de sus coetáneos, sobre la actualidad que vivía esta celebración y las mejoras que podrían acometerse a corto, medio y largo plazo. Desde el respeto a lo existente, fue crítico con determinados aspectos que habían caído en clara decadencia. De la misma forma, argumentó la conveniencia del cambio en determinadas ocasiones favoreciendo así el resultado final. Definitivamente, fue el verdadero precursor de la Procesión Magna en su concepción final, influyendo sin duda en la posterior decisión del obispo Fr. Albino y adelantándose en más de veinticinco años a la materialización de algunas de sus ideas.

Sin más, les ofrecemos su testimonio en el siguiente artículo:[2]

 

Lo que debe ser la Semana Santa en La Laguna

 

Convencidos de la oportunidad de abordar este tema, salimos hoy a la palestra para apuntar algunas consideraciones acerca de lo que debiera hacerse en pro de las festividades religiosas que durante la Semana mayor celebra la Iglesia. Y aunque estamos conscientes de la oposición con que ha de tropezar toda iniciativa que tienda, como la presente, a alterar las normas que en esta ciudad ha consagrado la tradición, muévenos principalmente a ello la convicción que abrigamos de que con los elementos que actualmente se cuenta—susceptibles, desde luego, de posibles mejoras en lo sucesivo—, pudieran introducirse algunas modificaciones, que, a nuestro juicio, serían coronadas por el éxito mas lisonjero.

Pudiera objetársenos que en La Laguna las costumbres típicas del país, que son como el sello característico de la tradición que nos legaran otras generaciones, subsisten con profundo arraigo. Sin embargo, tradicional era en esta ciudad la tocata de «Lo Divino», y si bien es cierto que no hay motivos para lamentar su total desaparición, también lo es que desde hace algunos años ha quedado relegada a segundo término, ejecutándose en su lugar otras de dudoso gusto; tradicional era también, como sigue siéndolo en las demás Catedrales de España, la ceremonia de la Enseña que se celebraba en la Santa Iglesia Catedral el Miércoles Santo, y el Cabildo decretó su supresión, no sin que se hicieran variados comentarios acerca del acierto de este acuerdo; la procesión del Santísimo Corpus Christi salía desde tiempo inmemorial por la mañana con escaso acompañamiento de fieles, y, después que se tomó el plausible acuerdo de que hiciera el recorrido por la tarde, se la ha revestido de mayor solemnidad; de pocos años data igualmente la función religiosa que en honor de la Imagen devotísima del Santísimo Cristo de La Laguna se celebra en la Catedral el 14 de Septiembre bastando la extraordinaria pompa con que desde el primer año se viene solemnizando, para confundir a los escépticos que al principio pusieron en duda el acierto de la innovación De aquí se desprende que no siempre se ha respetado la tradición en la celebración de ciertos actos y ceremonias, sino que se ha ido atemperando a las nuevas normas que, imponían las circunstancias por cuyas razones creemos no sufriría menoscabo alguno si se introdujesen las variaciones que hoy nos proponemos esbozar. Y a fin de evitar torcidas interpretaciones, nos importa hacer constar que no está en nuestro ánimo el abogar por ninguna supresión, ya que con la exposición de nuestra idea únicamente se persigue contribuir a dar mayor realce y esplendor a los cultos de Semana Santa.

Las dificultades que pudieran surgir y amenazaran desecharla como proyecto irrealizable, debieran vencerse poniendo a contribución, si fuere preciso, el reconocido patriotismo y buen deseo de los hijos de La Laguna, para evitar que el pesimismo y hasta la dejación pudieran dar al traste con una innovación que tan alto colocaría el nombre de esta ciudad.

Hechas estas aclaraciones, procederemos a hacer la enumeración de las modificaciones que estimamos deben introducirse y que pueden concretarse a los tres puntos siguientes:—Hermandades, variación de la hora de salida de algunas procesiones y organización de la procesión magna del Viernes Santo. El primer punto abarca dos extremos:—erección de nuevas cofradías y adopción en las ya existentes de las túnicas y capirotes, al estilo de los que se usan en la Península. En cuanto al establecimiento de nuevas hermandades, se objetará por algunos que es suficiente el número de las que en la actualidad existen, pero esta débil argumentación puede rebatirse fácilmente diciendo que en Sevilla, Burgos, Murcia, Cartagena y otras poblaciones, las cofradías son el alma de toda la Semana Santa: organizan las procesiones, se preocupan del exorno y ornamentación de los pasos, mejora y conservación de los tronos, y adquisición de nuevas esculturas, algunas de extraordinario mérito. Forzoso es reconocer, sin embargo, que estas mejoras no podrían implantarse tan en grande como en esas poblaciones populosas cuyas hermandades pueden soportar tan crecidos gastos por el gran número de cofrades que las integran. Pero hay otras ciudades de menos importancia, como Cádiz, Jerez, etc… donde a pesar de disponer de medios más modestos, se ha logrado dar gran brillantez a estas festividades, bastando citar, como prueba de este aserto, las solemnes procesiones de Jesús Nazareno y del Santo Entierro, que recorren las principales calles de la ciudad gaditana el Jueves y Viernes Santo, lo que ha dado origen a una enorme afluencia de forasteros que allí se congrega deseosa de admirar su lucimiento y el buen orden con que hacen toda la estación. Veamos ahora cual es el cuadro que nos presenta en este orden la ciudad de La Laguna. Actualmente salen procesionalmente once pasos, de los cuales seis no tienen hermandad, y aún de las cinco existentes sólo están consagradas al sostenimiento del culto de sus Titulares, la del Santísimo de la Catedral y la del Santísimo Cristo, pues tanto las hermandades de Nuestra Señora del Rosario y del Santísimo de las parroquias del Sagrario-Catedral y de Nuestra Señora de la Concepción, como la de la V. O. T. del convento de Santa Clara, no lo son en realidad de las procesiones que suelen acompañar. Claro está que no tenemos la pretensión de que esta organización de cofradías se haga de un modo simultáneo, cosa verdaderamente irrealizable. Pero es indudable que gradualmente pudiera llegarse al fin deseado, empezando, como es natural, por el establecimiento de aquellas cuya creación sea una necesidad verdaderamente sentida. Tal ocurre, por ejemplo, a la que debiera erigirse de penitentes de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, para que rindiese culto a la popular Imagen del Señor de la Cañita, que algunos años ha estado a punto de no salir procesionalmente a causa de la carencia de medios económicos. Instituida que fuera ésta, debiera procederse seguidamente a la fundación de la hermandad del Santo Entierro, que es una de las más brillantes de todas las procesiones de nuestra Semana Santa, y a la que debiera revestirse de la mayor solemnidad posible, solicitando el concurso de todas las hermandades, introduciendo mejoras en las caídas, tronos y túnicas de algunas imágenes, y, principalmente, adquiriendo por suscripción pública una peana de estilo apropiado para que se destaque debidamente la elegante Urna del Señor Difunto. Finalmente, por lo que respecta a la conveniencia de que las hermandades existentes usen las hopas o túnicas con las insignias y colores mas adecuados a la advocación que representa el paso respectivo, creemos que esta innovación no solo debe mirarse sin recelo y ser objeto de estudio, sino que, además, es digna de que se la tome en consideración.

La escasa concurrencia de fieles a las procesiones de la mañana del Lunes, Martes y Jueves Santo, justifica la necesidad de introducir algunas modificaciones en tu itinerario, cambiando, además, la hora de salida de sus templos, pues si ésta se aplazase para la tarde, aumentaría el acompañamiento de fieles, asistirían las dos bandas de música y tendrían mas lucimiento los pasos. A este fin, la procesión del Señor de la Humildad y Paciencia en lugar de empezar el recorrido por la calle de Rey Redondo, debieran hacerlo, dirigiéndose por la de Nava Grimón y Palma, al convento de monjas Clarisas, donde recogería el notable paso de La Oración en el Huerto, subiendo luego por la calle de San Agustín. La sagrada efigie de Cristo atado a la Columna se incorporaría a la procesión de Las Lágrimas de San Pedro al llegar ésta por la calle de Rey Redondo a la Catedral, y, por último, la de La Mesa de la Cena se uniría en la Capilla del Hospital a la del Señor de la Cañita. Creemos innecesario advertir que estas variaciones en el horario de salida, en nada alteran los oficios que en las respectivas Iglesias se celebran, los que continuarían como al presente.

Decíamos al hablar de las hermandades que a la procesión del Santo Entierro de Nuestro Señor Jesucristo debiera revestírsela de la mayor solemnidad y hacíamos algunas observaciones respecto a la conveniencia de que se introdujesen paulatinamente las mejoras más urgentes, a fin de que resulte aún más majestuosa e imponente. Réstanos ahora añadir que, si como es de esperar, cristalizan en hechos nuestras indicaciones y llegan a erigirse con el tiempo las hermandades que hacen falta para asistir en cada una de las procesiones, no estará lejano el día en que, con el fin de darle mayor lucimiento y esplendor, pueda intentarse la organización de la magna, sacando procesionalmente el Viernes Santo por la tarde todos los pasos que hacen estación los demás días, digno remate de estos cultos, que sería como el eslabón final en que culminaría la cadena de festividades religiosas de nuestra Semana Santa.

 

R. de A. y M. (Ramón de Ascanio y Montemayor)

La Laguna de Tenerife, 12 Abril de 1924.

 


[1] El hábito penitencial sevillano, conocido también como “hábito de nazareno” o, entre nosotros, “traje de capuchino”, se había incorporado ya desde 1937 a la Semana Santa de Santa Cruz de Tenerife, vistiéndolo la Hermandad de la Santa Cruz y del Santo Entierro.

[2] Publicado en el diario Gaceta de Tenerife 16/04/1924.