Don Enrique González y el paso de la Sentencia

Cristóbal Sanjuán

Eran otros tiempos. Por aquel entonces se tenía bastante miedo a las dolencias y enfermedades ya que apenas existían medios para combatirlas ni los adelantos de la medicina moderna.

Padeció D. Enrique González una de estas dolencias en un pulmón, por lo que se pensó que podría tratarse de la temida tuberculosis. Con sus propios y rudimentarios aparatos de la época que tenía en la consulta, sacó una radiografía de la zona afectada hallando una pequeña mancha blanca en el pulmón. Desde ese momento, el temor a la enfermedad que había visto tantas veces reflejado en los rostros de sus pacientes, se apoderó de él.

Era el tiempo de Semana Santa y las procesiones pasaban por debajo de su ventana. Entonces, en el momento de ver pasar a Cristo en la agonía de su crucifixión, desde lo más profundo de su alma, realizó la siguiente promesa: “si salgo de ésta y me curo, hago una imagen nueva para la Semana Santa”.

Pasaron los días y, al hacer nuevas pruebas para valorar la evolución de la enfermedad, se encontró con que el pulmón estaba totalmente limpio, habiendo desaparecido cualquier vestigio de mancha. Así es como D. Enrique, fiel a su palabra y agradecido, cumplió su promesa.

Al principio, comentándolo con algunos amigos y sacerdotes, se pensó en realizar un paso de la “burrita”, ya que por ese entonces la actual Entrada de Jesús en Jerusalén no existía y únicamente procesionaba el Cristo Predicador sentado en un trono de plata. Después de valorarlo y desechar la primera idea, se decidió realizar la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Sentencia, a semejanza del Cristo de Medinaceli, imagen que D. Enrique conoció en los años de su estancia en Cádiz.

La talla fue encargada al imaginero Ezequiel de León que, por aquellos años, tenía su taller en la calle del Agua (Nava y Grimón) y muy cerca de la fábrica de tabacos Álvaro, lugar donde se fundó en 1961 la cofradía que acompañaría al nuevo paso, y que estaba compuesta por los trabajadores de la fábrica.

Para que la procesión tuviera el empaque y la solemnidad que requieren las procesiones de la Semana Santa lagunera, D. Enrique, al igual que con la imagen, se encargó personalmente de costear los gastos derivados de cada salida procesional, así como los  arreglos del trono, túnicas, velas y un largo etcétera.

Inicialmente el paso estuvo en la iglesia de San Agustín, pero algunos sacerdotes le aconsejaron sacarlo de allí para evitar confrontaciones con determinada cofradía con sede en la misma iglesia. Entonces, no le quedó más remedio a D. Enrique que guardar la imagen del Señor en su propia casa durante bastante tiempo, hasta que las monjas del Convento de Santa Clara le ofrecieron poderla dejar en su iglesia. Ellas mismas se encargaron de confeccionar una túnica blanca para la imagen.

De esta forma transcurrieron varios años hasta que, desaparecida la fábrica y disuelta la cofradía, D. Enrique, viendo peligrar el futuro de esta procesión, pagó a varias personas para que vistieran los hábitos y la sacaran a la calle.

Pero quién le iba a decir que esta acción suya, un acto de verdadera fe, de amor a la Semana Santa de La Laguna y sobre todo de sincera promesa al propio Cristo, le provocaría tanto dolor en lo más profundo de su alma al ver que, poco a poco, esta gente se hacía con el control de la cofradía y desconsideradamente, hacían y deshacían a su antojo sin contar para nada con D. Enrique. A sus espaldas, encargaron una Virgen que, a partir de entonces, procesiona junto con el Señor.

Más tarde, quisieron traer el paso del Señor a la iglesia de la Concepción, a lo que se opuso D. Enrique, que quería que permaneciera en el Convento de las Claras. Por esta razón, la cofradía, imbuida del egoísmo y la soberbia, realizó una nueva talla del Señor y dejaron de lado la otra. Todo esto ocurrió con el beneplácito del entonces párroco de la Concepción (y hoy canónigo de la S.I. Catedral y pregonero por dos veces de nuestra Semana Santa) D. Daniel Padilla, llegando incluso éste a decir que D. Enrique había firmado un papel en el que se desentendía de la imagen, cosa totalmente falsa y que pone en entredicho su calidad humana y sacerdotal.

Una vez arrinconado el paso, vilipendiado y menospreciado por los miembros de la Cofradía de la Sentencia, los mismos que anteriormente lo acompañaban con ¿devoción?, hubo de guardarse el trono en un garaje de la iglesia de Santo Domingo debido a la amistad de D. Enrique con el antiguo párroco D. Vicente Cruz Gil hasta que, la llegada del nuevo párroco significó su salida forzosa. De allí pasó a un garaje particular, favor que le hacía un amigo de D. Enrique, hasta que se terminó regalando a la iglesia de San Francisco de Santa Cruz.

Tristemente, hemos narrado la verdadera historia de una promesa hecha a Cristo por un hombre bueno, que ha dedicado su vida a sus pacientes y su familia. Un amante de La Laguna, de sus costumbres, sus tradiciones y su Semana Santa. Un creyente que puso su vida en manos de Jesucristo y que, al ser escuchado, agradeció en un acto sublime de fe y de desinteresada labor, el regalo que se le otorgaba. Un hombre que, al igual que Jesús, fue traicionado por los suyos y condenado al dolor de no poder volver a contemplar la Semana Santa de La Laguna, su Semana Santa.