Dos generaciones ante “El Nazareno”

El Día

El Miércoles Santo tiene un sentido especial en las procesiones de la Semana Mayor de La Laguna. Son muchos los laguneros que recuerdan los años de estudio en el Colegio Nava y aquella tarde del Miércoles Santo en que con traje dominguero, se reunían en el patio del Colegio, para luego en filas inquietas y alegres, reposadas a trechos por la cariñosa figura de los Hermanos, ir a esperar al Nazareno en la iglesia de San Agustín.

¡Cuántos y cuántos en sus años infantiles vivieron esta escena! Miércoles Santo. Los alumnos del Colegio Nava hacían la escolta y acompañaban silenciosos a su Cristo Nazareno.

Parecía que este paso pedía dos filas de adustos penitentes y, sin embargo, la Semana Santa de La Laguna le puso un cortejo de ángeles, en esos niños que aprendían tras Jesús, a llevar la cruz de su vida.

Desde entonces han pasado muchos años. Las procesiones de Semana Santa han cumplido su mayor edad. La Laguna ha hecho de sus calles un templo gótico con ojivas de “capirotes”, y estelas de antorchas que enmarcan el retablo de sus Dolorosas y sus Cristos.

La Cofradía que los Hermanos del Colegio Nava y la familia Salazar consagró al Nazareno, recibió el lacre de su tradición y abolengo.

Los Antiguos Alumnos, los Padres de familia, y tantos cuantos habían vivido aquel Miércoles Santo, quisieron acompañar de nuevo la figura dolorida de su Cristo.

Son ahora dos generaciones las que siguen al Nazareno. Delante, los que antaño fueron camisa blanca y traje de fiesta, son ahora una alfombra de moradas violetas, capirotes inquietos hacia el cielo, y miradas de ángel que por ser espejo de candor no han merecido que las cubra el luto de la penitencia.

¡Ángeles penitentes que en la alegría de vuestra vida apenas sabéis lo que es cruz! Mirad cómo la lleva el Nazareno. Vuestros ojos aún limpios tienen que grabar los de Cristo dolorosos. Vuestras manos blancas tienen que aprender de las de Jesús a abrazar las cruces, las vuestras ¡tan pequeñas!, ilusiones de cristal rotas, inquietudes de estudios, cruces que empiezan a serlo en vuestros hombros. ¡Mirad cómo las lleva Cristo!

Pasan los pequeños cofrades, entre un revuelo de túnicas moradas con cíngulos de oro, y al marcharse parecen querubines que han teñido sus plumas en la tristeza de la tarde. Siguen los cofrades mayores, Antiguos Alumnos y Padres de familia. La procesión toma en este momento el ritmo serio y penitente de un vía crucis.

Son hombres con paso duro y reposado. Fueron hace años aquellos niños del Miércoles Santo, cuando era aún Domingo de Ramos en su vida. Ahora ya saben de cruces. ¡Cuántas veces habrán recordado al Nazareno de un Colegio Nava! Y ahora han vuelto a caminar junto a Él; ahora con más responsabilidad, con más conocimiento, con más motivo. Ya son hombres. La vida se les ha cruzado en la calle de la amargura. Han sentido el peso de las cruces y saben lo duro que es llevarlas. Ellos, hombres de la edad de Cristo, saben que son años de realidades, y que aquella cruz que hirió los hombros de Jesús no fue un lujo de un Dios, sino la realidad de un Hombre que quiso enseñarnos a sufrir y a llevarla hasta arriba, hasta ponerla como dintel y blasón del cielo.

Pasa la procesión de Jesús Nazareno por la calle de la Carrera. Es la hora en que los ángeles encienden las estrellas en el retablo enlutado de la noche. Los pequeños cofrades acaban de poner una nota de antífona en la salmodia de la tarde, ángeles que embalsaman de plegarias el camino de la cruz. Detrás vienen los Cofrades Mayores. Rostros cubiertos por la penitencia, figuras rectas, silentes como exvotos que el dolor pone en su paso al Nazareno. Entre la Madre y el Hijo, entre la Dolorosa y el Nazareno va una vida que también sufre porque también lleva cruces. Vosotros, Cofrades Mayores de Jesús Nazareno, tenéis un sentido más profundo del que salta tras vuestros “capirotes”, cíngulos y túnicas. Sois un auto sacramental de la vida, una representación de la ascesis cristiana. Y lo sois además como módulo y guía de muchas generaciones que os siguen.

¡Procesión del Miércoles Santo! ¡Cofradía del Nazareno! El Colegio ha hecho de ti la cima de su labor educadora cristiana: Cristo, Hermano Mayor, que sube abrazado a la Cruz hasta donde la empujaron nuestros pecados. Luego: Cofrades Mayores metidos en la cuesta de la vida, padres de aquellos niños que empiezan a acompañar a Cristo, aunque no saben de cruces. Ellos están entre Cristo y los niños; para seguir al primero, para ser ejemplo de los segundos. Y por fin los Cofrades Menores, que aprenden el único sentido de la vida: ir junto a Jesús, pero aquí de una forma hermosísima; ir tras Jesús junto a sus padres, con sus mayores.

En el silencio y soledad de su hábito morado, el cofrade se siente Nazareno. Lleva en su corazón el dolor de un Viernes Santo camino del Calvario. Siente sus cruces y dolores pesar en sus hombros, e instintivamente echa la mano a la cruz para abrazarla.

Y ahora siente que es más ligera; la aprieta contra su cara y la siente con más calor; la besa dulcemente y nota que hay una mano que le ayuda, que le levanta el crucero de su dolor y sobre ella vuelve a poner su beso; es la mano de Cristo, la del Cirineo de todos cuantos sufren con Él.

Besa esa mano que fue la primera en abrazar la cruz, la que santifica el dolor, tu cruz y tus dolores. Haz que toda tu vida sea un Miércoles Santo de la procesión del Nazareno y que tus labios puedan decir cuando besen el dolor:

 

“Dulce Nazareno

que vas a morir

deja que yo lleve

mi cruz junto a Ti”

 

H. N. José Sánchez