El Miércoles Santo en La Laguna

El Día

Se ha roto en el mudéjar artesonado de la Concepción el eco de los tronadores. En el recuerdo pervive la fragancia del romero. Ahora todo es distinto. Los capirotes penitenciales se alargan en el azul. Miércoles Santo. Recuerdos: aquellos años de los Hermanos de la Doctrina Cristiana con zapatos recién estrenados, ilusionados sueños de llevar en la procesión aquel inefable estandarte con el escudo del Colegio y la vara pintada de purpurina. Cánticos que la batuta de cedro del Hermano Ildefonso iba matizando primorosamente. El Miserere sentía cercanos nuestros pasos con el atardecer.

1951. Ya el Señor de la Cañita no acompaña al Nazareno en la tarde del Miércoles. Todavía las frutas de cera, tentadoras y hermosas, bordean el trono del Señor del Huerto. Las monjitas de Santa Clara ven a través de las rejas el sueño de los tres Apóstoles. Ahora la Escolanía del Colegio, en filas de a cinco junto al Nazareno, le despabila un sueño a la sempiternamente dormida calle de La Palma. El Ángelus se ha estremecido en la ciudad. Hay un azul inapresable parecido a aquel cielo que recorta a la Inmaculada de las Claras con aires de Tiépolo. La procesión avanza. Pero el Señor de la Cañita espera en el viejo convento del Santo Espíritu que las estrellas florezcan.

1957. Es ahora todo distinto y todo igual. La puerta Mayor del Convento agustino se abrió de nuevo, igual que tantos años. Pero las sombras moradas de los penitentes se recortan en el pavimento. Ha pasado a la historia toda una época: las filas de a dos del Hermano Teodosio, las salmodias penitenciales que desde enero ensayaba el Hermano Ildefonso, el estandarte de la vara de purpurina plateada, los sueños largos, el rumor del Miserere turbado por los pasos colegiales…

Este Miércoles Santo de ahora, cuando la ciudad se halla transida de inciensos, salmos y aromas de oraciones, pasea por sus calles las sacras efigies del Nazareno y del Señor de la Cañita. Ya La Laguna ha encontrado el camino propicio, el de cada año, y un austero recogimiento la sobrecoge. Primero, con el atardecer, los cofrades del Señor con la Cruz a Cuestas, llevándose prendidos recuerdos entrañables; más tarde, cuando las estrellas hayan florecido en el cielo de la ciudad, el Señor de la Cañita iluminará con la extraña luz de su mirada impresionante la noche recogida y tranquila. La Hermandad de la Sangre dejó atrás el pórtico renacentista del Convento de San Agustín. Evocación vaga de otros tiempos. El Adelantado, don Alonso Fernández de Lugo, los Regidores y la nobleza de la isla. El pueblo de la ciudad naciente. Las alabardas y el ruedo de la pólvora sonando recio. El barroco dorado de las parihuelas. La extraña mirada, inundada de una luz celestial del Señor de la Cañita… Los símbolos de la Pasión que por aquellos tiempos venían a ser privilegio de determinadas familias. Y saltando los siglos, ansias renovadoras.

 

Eliseo Izquierdo Pérez