El Señor de la Cañita, cuatro siglos de devoción

Carlos Rodríguez Morales, Historiador del Arte

El culto a Jesús en el paso de su coronación de espinas tiene un arraigo centenario en La Laguna, y el Señor de la Cañita —titular de la Hermandad de la Sangre de Cristo— es su principal testimonio. La circunstancia de que esta venerada imagen protagonice este año el cartel de la Semana Santa y la cubierta de su programa de mano supone además un oportuno homenaje a su autor, Ezequiel de León, fallecido hace apenas unos meses. En efecto, la desaparición en 1964 de la efigie primitiva en el incendio de la iglesia de San Agustín motivó poco después el encargo al citado imaginero de una nueva, que procesionó por vez primera el Miércoles Santo de 1965.

La antigua Cofradía de la Sangre —establecida en el convento agustino y cuyo origen se remonta muy probablemente a 1513, con seguridad documentada en 1514— rindió culto durante el siglo XVI a un Crucificado. Con él efectuaba cada Jueves Santo por la noche su salida procesional, en la que participaban «hermanos con túnicas blancas con hachas e velas encendidas y otros con disciplinas» visitando todos sagrarios de la ciudad. Aunque aquella imagen se mantuvo hasta mediados del siglo XVII, en 1608 tenemos la primera noticia de la existencia de un Ecce Homo donado a la corporación por el mercader Lázaro Hernández. Probablemente en su estado original era un busto o un medio cuerpo —formato habitual en este tipo de representaciones—, pues así se entiende que la documentación recoja en 1640 la «hechura de las piernas del Ese Homo, de una corona y del cuerpo». La imagen, que hasta entonces estaba «en casas particulares», fue entronizada cuatro años después en el retablo que la Cofradía tenía en la iglesia de San Agustín, desplazando al viejo Crucifijo que fue finalmente vendido.

De tal forma, hay que situar en los años centrales del Seiscientos el florecimiento de la devoción al Señor, que comenzaría a presidir las procesiones del Jueves Santo. Ningún dato señala su sustitución en el Setecientos, por lo que debe descartarse la hipótesis de que la efigie destruida en el incendio de 1964 fuera obra de José Rodríguez de la Oliva. Era, según pensamos, la misma imagen de principios del siglo XVII reformada en 1640. La circunstancia de que su patrocinador, Lázaro Hernández, estuviese muy vinculado por razones comerciales a la ciudad de Sevilla —donde residió algún tiempo y donde vivieron algunos familiares—, y el intento por aquellos años de la cofradía de «imbiar por una hechura de Cristo a Sevilla» podría avalar la procedencia andaluza de la talla. Pero no puede descartarse que fuera realizada en la Isla, donde entonces trabajaba, por ejemplo, Cristóbal Ramírez, artífice del que se ha ido perfilando su labor como imaginero.

Sobre esta antigua efigie sabemos que recibía peluca, que llevaba una diadema o solio de plata y que al menos durante algún tiempo fue revestida. Un inventario de 1667 recoge «dos túnicas del Santo Cristo» y también «dos ruedos de puntas para los pies del Señor».

Sesenta años después otro inventario incluye «una túnica del Señor de terciopelo carmesí con su soga, cojín guarnecido de franja de oro (…) ítem otra túnica de tafetán adamascado con su cojín para de hordinario en el nicho; ítem dos camisas y dos calzones blancos de la imagen del Señor; ítem una corona de espinas y una diadema de plata sobredorada» y «dos pelucas, una del común y otra para el día de Jueves Santo». Podemos conocer, incluso, la identidad de la persona que en 1657 se encargaba de vestirlo: Constanza de Tapia.

Gracias a unos apuntes redactados en 1807 por el prioste Alejandro Saviñón y Anchieta, sabemos que entonces el Señor estaba «en su retablo y nicho con una capa de damasco y su franja de plata de guarnición, y su cojín de terciopelo y la soga»; parece por estas notas que ya se presentaba a los fieles con el aspecto que conocemos a través de antiguas fotografías y que mantiene la efigie actual: desnudo y con capa, y no vestido como antes al estilo de las representaciones del Gran Poder de Dios.

La destrucción del Ecce Homo, Santo Cristo de la Sangre, Señor de la Sangre—como figura en la documentación— o Señor de la Cañita —como popularmentese le nombra e invoca— supuso una sentida pérdida para la historia devocional y artística de La Laguna. Pero no era su único ejemplo iconográfico en la ciudad.

Desde finales del siglo XVI está documentado en la Iglesia de la Concepción un«Ecce Homo  dentro de un tabernáculo», que debe ser «la imagen del Ecce Homo, con el nombre del Gran Poder de Dios, de medio cuerpo, es antiguo y muy devoto y de muchos milagros» citado en 1676 por Juan Núñez de la Peña. Se conserva aún en la parroquia y hemos propuesto su atribución al imaginero Ruiz Díaz de Argumedo.

Precisamente con esta imagen celebró en 1964 la Hermandad de la Sangre sus cultos de verano en aquel templo, poco después de perderse su antiguo titular.

Por el testamento otorgado en 1701 por doña Sebastiana de Llarena y Olivares, viuda del capitán Carlos de Briones Samaniego, tenemos noticia de otras dos imágenes de esta advocación. En el nicho principal del oratorio de su casa había entronizada una «imagen de un Ese Homo con túnica de tafetán carmesí, con quien tengo particular devoción por los muchos beneficios que he experimentado a obrado con toda mi casa, y deseando se continúe con la mayor decencia y veneración posible y el grave sentimiento que me causó el haberse quemado otra imagen de Ecce Homo en el incendio que padeció la iglesia y convento de Santa Clara de esta ciudad, es mi voluntad se entregue a las religiosas de dicho convento para que puedan colocarlo en la parte que fuere de su mayor culto». Existe aún en clausura de este convento una pequeña efigie revestida del Señor, quizá la donada por doña Sebastiana de Llarena. Y en el otro convento femenino de la ciudad, el de Santa Catalina, se conserva un busto de Cristo con la caña como cetro que responde al pasaje evangélico de la coronación de espinas. El Ecce Homo tallado por Ezequiel de León hereda toda esta historia —todas estas historias—, mantiene viva una devoción de cuatro siglos y conserva para La Laguna una iconografía muy querida.

 

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