Ezequiel de León, escultor del pueblo

Comisión Pro-Ezequiel

Sencillo pero acertado título para una persona de nuestro entorno que, sin duda, fue el escultor del pueblo. Ezequiel de León fue y será por siempre el amigo de todos. Nace el 2 de octubre de 1926 en el seno humilde de una familia que sería numerosa; primogénito de 17 hermanos, fueron sus pa­dres D. Ezequiel de León Valencia y Dª. Carmen Domínguez Domínguez. Su feliz natalicio tiene lugar en una casa terrera de la Calle Nueva de la Villa de Arriba de San Juan del Farrobo en La Orotava, actualmente con el número 20. Su padre trabajaba en una conocida fábrica de ga­seosas de la calle La Carrera, y su madre en los quehaceres de una modesta y amplia familia en tiempos difíciles.

Fue bautizado en la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción, donde comienza su entusiasmo por el arte sacro, admirado en la devoción que expresó como monaguillo durante varios años en dicha parroquia, lo que también le permitía conseguir los restos de cera para sus creaciones. Ya desde su más tierna edad poseía una especial predisposición hacia el modelado, utilizando todo tipo de soportes y materiales que tenía a su alcance: masa de pan (procedente de una panadería cercana de la calle La Hoya, cuando residía en la calle Altavista), cera de abe­jas (en distintos hogares de la Villa existen varias reproducciones suyas del Cristo a la Columna de Pedro Roldán, o del Cristo del Perdón), yeso, te­las para los trajes y perisonios (paños de pureza) de los Cristos; y su más fiel amigo y compañero de creación en su larga trayectoria: el barro, material éste que conseguía en muchos lugares de su Villa natal.

De niño se forma en la escuela pública y tam­bién asiste a clases particulares. Es un artista que pertenece a una generación de personas ilustres en el ambiente de la cultura como puede ser su paisano y vecino de la Villa Arriba, D. Jesús Hernández Perera, Catedrático de Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid y Rector de la Universidad de La Laguna.

Ezequiel de León carece de antecedentes fa­miliares en el terreno de las Bellas Artes, pero con el transcurso de los años adquiere, perfec­ciona y domina con absoluta maestría los cono­cimientos y destrezas necesarios para el oficio creativo.
Con tan solo catorce años, recibe su primer galardón en el campo de la escultura al mode­lar en barro un busto de José Antonio Primo de Rivera, y es casi en esta misma época cuando realiza su primera escultura religiosa, Nuestro Padre Jesús Nazareno, expuesta al culto público en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario de La Perdoma, barrio orotavense que veinti­cinco años después acogerá definitivamente al artista. Dicha imagen pudo contemplarse pre­viamente en el escaparate de un comercio del casco villero.

Visita con regularidad la casa del odontólogo D. César Hernández Martínez, para quien ejecuta un belén con escenas costumbristas de alto con­tenido etnográfico (zapatero, juego de la burra, vieja curando el buche, etc.). Es quizás este ami­go, a quien el artista respeta con sumo aprecio, la persona que más influyó en que se convirtiera en lo que sería a posteriori. Fue su mentor en los primeros años de aprendizaje en las décadas tan difíciles de los años treinta y cuarenta.

Ezequiel, como buen entusiasta de la vida y el afán de investigar, aprender y conocer nuevas técnicas con los más variados soportes, entró en contacto con diferentes profesionales en dis­tintas facetas; entre ellos los hermanos «Vitales» que realizaban la decoración exterior del colegio de La Milagrosa y que habían trabajado en Cuba, a los cuales admiró por su destreza en los mate­riales que aún le eran ajenos al joven artista.

Las influencias socio-políticas de su Villa, unidas a las prácticas religiosas, marcan noto­riamente a este joven escultor que imita afa­nosamente las procesiones del entorno adulto. D. Leoncio Estévez Merino, en su libro «Los ni­ños que jugaban con los santos», relata gracio­sas anécdotas y describe la gran calidad artística de las pequeñas imágenes de Ezequiel, admira­das por sus compañeros de juego y personas mayores.

En el año 1947 es destinado a Las Palmas de Gran Canaria para cumplir el servicio militar. En sus ratos libres de vida castrense se intere­sa vivamente por el arte del momento y por los diversos creadores que más tarde serán parte del resurgir de las nuevas tendencias artísticas en las islas. Con algunos de estos compañeros coincide nuestro escultor en escuelas munici­pales de Arte, como la afamada Escuela Luján Pérez de la misma ciudad, cuyo Ayuntamiento lo premia y admira por su calidad en el modela­do (José Guillermo Rodríguez Escudero afirma en una semblanza de Ezequiel de León que aún se conserva su talla de la cabeza de una niña en el Gabinete Literario, fruto de su entusiasmo por el arte clásico). Esta etapa de aprendizaje ejerció una gran influencia en su definición per­sonal, pues allí aprendió a policromar y sobre todo a dorar, entre otros recursos técnicos de indudable valor para su trayectoria de escultor imaginero.

De vuelta a su isla natal, continúa sus estu­dios en la Academia de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife, ciudad donde incluso reside largas temporadas. Su madre, por motivo de una delicada economía, le manda diariamente la co­mida en un camión de transporte. Durante su estancia en la capital, alterna su actividad for­mativa con la de copista-delineante en el des­pacho del arquitecto D. Tomás Machado, con quien realizará la Alfombra del Centenario en la Plaza del Ayuntamiento de La Orotava.

En 1952 contrae matrimonio con Dª. Evarista Cruz Correa, cuatro años menor que él, y de su unión nacen seis hijos. Dos de ellos continúan la senda artística del gran maestro: Jesús, en­tregado a la faceta de imaginero, y Ezequiel de León Cruz, conocido y reputado alfombrista, con incursiones en el campo de la restauración escultórica.

Durante una etapa de su matrimonio, Ezequiel reside cerca de la Charca de los Ascanio, en el hogar de sus padres políticos, pasando con posterioridad al Barrio de San Antonio María Claret, donde restaura entre otras obras el Nazareno de Icod de los Vinos, de Martín de Andújar. Finalmente fijará su resi­dencia en La Perdoma.

En 1976 se le presenta la oportunidad de via­jar a Sevilla después de trabajar para el Cabildo Insular de Tenerife, recuperando piezas de gran valor artístico y devocional. Dicha institución creyó conveniente que nuestro escultor perfec­cionara sus conocimientos en el campo de la restauración, para así quedar con posterioridad con la plaza de restaurador oficial del Cabildo para la isla de Tenerife, máxime cuando en es­tas tierras no había personas dedicadas a este menester.

Durante su estancia en Sevilla, asiste a la Cátedra de Restauración de la Facultad de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, bajo la direc­ción de D. Francisco Arquillo. En su ya dilatada experiencia, participa en las restauraciones del retablo mayor de la Catedral Hispalense y del paso de la Vera Cruz de la misma ciudad. Dado el interés por las delicadas y extraordinarias restauraciones de tan magníficas obras de arte, las revistas Blanco y Negro y ABC realizan amplios reportajes de tirada nacional.

Al terminar su etapa de formación en la capi­tal andaluza, regresa a Tenerife, donde las puer­tas permanecen abiertas para recibirlo y así co­menzar y finalizar los compromisos contraídos. Pero la decisión de volver a su isla natal quizás no fue la más acertada. Al hacer estación en la entidad insular, comprueba que se ha truncado la promesa de adjudicarle la restauración siste­mática del patrimonio escultórico tinerfeño. La administración del Cabildo por aquellas fechas, alega falta de presupuesto. Jamás podremos sa­ber si nuestro escultor habría tenido una mayor proyección internacional que la que tuvo reali­zando su quehacer en su querida isla.

Hay que destacar en su trayectoria dentro del mundo del arte las influencias de la escuela andaluza, las líneas barrocas de los escultores locales radicados en Garachico, Las Palmas, etc.; e incluso de ciertos rasgos de vanguardismo centro europeo.

Una de las facetas del artista Ezequiel de León menos valorada por su pueblo es la elabo­ración de alfombras, de profundo arraigo en las fiestas del Corpus Christi orotavense. Nuestro artista fue un destacado alfombrista, tanto en las de flores como en las de arenas en la Plaza del Ayuntamiento, donde dejó su impronta en largos periodos. Siendo un artista completo, la técnica de las alfombras la desplegó con todo su esplendor bajo la batuta, de distintos directores; su mano quedaba patente en la belleza y maes­tría de la propia técnica de tan noble arte efímero. La Historia debería de ser algo más benévola y poner a cada artista en su sitio, ya que con él “no ha sido así”. En su madurez queda al frente de la alfombra de la plaza, donde rompe moldes realizando en el año 1989 dos relieves en piedra, sólo con la gama de grises, detalle este que fue admirado, aplaudido y muy valorado por su atre­vimiento jamás realizado en dicho marco por los conocedores del arte. Su etapa como director abarca los años 89, 90 y 91 del pasado siglo XX.

Se le conoce popularmente como “el que arregla y hace santos en La Perdoma“, concepto éste poco acertado ya que hablamos de un es­cultor imaginero que ha trascendido con su obra mas allá de las fronteras de Canarias, llegando a sembrar su arte en países tan dispares como: Italia, El Vaticano, Estados Unidos, Venezuela, Cuba, Argentina, Japón, etc.

En la década de los 80, cuando su madurez se hace patente en las incontables obras reali­zadas durante sus diferentes etapas artísticas, llega la hora de hacer un estudio concienzudo de su trayectoria. Y no sólo hablamos de su nue­va creación -como ya se ha comentado-, sino también de destacar su vasta labor en la restau­ración; pero dicho estudio se centra en la cata­logación y estudio de su imaginería. Este trabajo se le encomienda a la doctora en Arte, Dª. Juana Isabel Guerra Cabrera, que durante tres largos años recorre todos los pueblos, templos parro­quiales, iglesias, capillas y ermitas de Tenerife y de las islas hermanas que poseen imágenes del artista. La tesina o estudio de la obra de nuestro escultor por la doctora, culmina con su lectura ante el jurado docente en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de La Laguna en el año 1987. Dicha doctora la tituló: “Imaginero a des­tiempo”, recibió los elogios de los allí presentes por el inmenso trabajo de investigación sobre un artista tan prolífico como es Ezequiel de León. A su vez el propio artista también recibió las mismas felicitaciones, no sólo por su bella y refinada obra, sino además por el aporte cultu­ral que deja en su tierra de nacimiento.

Dª. JUANA ISABEL GUERRA, SUBDIVIDE LA TRAYEC­TORIA DE NUESTRO ESCULTOR HASTA EL AÑO 1987 EN CINCO ETAPAS

 

PRIMERA ETAPA (1936-1947), que abarca sus inicios como escultor durante la Guerra Civil y la Posguerra. Las piezas más antiguas que se con­servan en la actualidad pertenecen a un belén costumbrista que fue encargo de un amigo de la infancia, D. Eustaquio Limas Santos, fechadas en el año 1936. Tiempo éste considerado como su primera etapa artística, ya que de la etapa previa, más conocida como la faceta del juego, no se conserva en la actualidad ninguna pieza. Sí que consta por familiares y vecinos del entorno que fue un artista prematuro, ya que casi antes de aprender a hablar o caminar, ya jugaba con el barro de las macetas y otros materiales entre sus dedos.

SEGUNDA ETAPA (1947-1961): El comienzo de un perfil de imaginero. Se caracteriza esta etapa por el formato de mayor tamaño y por un gran avance en su producción técnica. Al inicio de esta etapa podemos encuadrar la ya menciona­da obra del Nazareno de La Perdoma, modelado en escayola a tamaño natural, o la copia reali­zada para la iglesia parroquial de San Antonio de Padua de Granadilla del Cristo a la Columna, facsímil de “diamante” de Pedro Roldán de la iglesia de San Juan Bautista de El Farrobo de La Orotava, y que le costó un disgusto con el párro­co D. Domingo, tallada en la casa terrera de la calle de Altavista y expuesta en los escaparates de las cuatro esquinas de D. Isaac Valencia. O el Ángel del paso de la Oración del Huerto, para el monasterio de las Monjas Claras de La Laguna, su segundo desnudo a tamaño natural, encargo de la familia De La Torre, inspirada en el Ángel de Salzillo de Murcia.
Más tarde se seguirá viendo este tipo de es­culturas en numerosas oportunidades, aunque co
n otras formas de carnaciones, sobre todo las que representan la Pasión de Cristo.

TERCERA ETAPA (1961-1976): Hacia la po­pularidad: Pasión y Devoción Mariana. El gran avance técnico en la resolución de talla y poli­cromía constituye el elemento característico de esta etapa, a cuyo inicio Ezequiel de León está instalado en el taller de la calle del Agua (Nava y Grimón) de La Laguna, frente al conven­to de las Monjas Claras. En esta etapa, el imagi­nero trata temas iconográficos de la Pasión de Jesús, donde estudia casi de forma secuenciada los distintos momentos del martirio de Cristo. Entre las obras de esta etapa muy significativa podemos mencionar a Nuestro Padre Jesús de la Sentencia, iglesia de las Claras, encargo de D. Álvaro González, propietario de una tabaquería; Cristo de la Montaña de Taco; Cristo de la Cañita, para la iglesia de San Agustín y que luego pasó a la catedral, encargo del Sr. Aledo; Entrada de Jesús en Jerusalén, de la iglesia catedral, encargo de los Oramas; y algunas fieles reproducciones desaparecidas en el incendio de la iglesia de San Agustín de La Laguna. Finalmente, fuera de esta etapa, el Cristo de Burgos.

CUARTA ETAPA (1976-1978): Contacto vivo con la escuela de Sevilla. Casi todas las imágenes son realizadas en soporte para vestir, excepto los desnudos. Como hemos dicho, esta etapa se corresponde con su estancia en Sevilla, donde toma contacto con otras alternativas artísticas, básicamente con la imaginería religiosa.
En este período se inscriben el resto de las imágenes que Ezequiel de León talló para el gru­po escultórico de la Entrada en Jerusalén, el Hijo de los Hebreos (que se inspira en su hijo Miguel Ángel), la Magdalena y San Pedro.

QUINTA ETAPA (1978-1986): La reactivación de su obra en el culto Mariano y Cristológico. Esta etapa que abarca desde su regreso de Sevilla hasta la realización de la tesina, se ca­racteriza por el resurgir con nuevos ímpetus para profundizar en los mismos temas, pero con más seguridad y con muchos más deseos de ver el número de sus obras acabadas. Dentro de ésta se inscriben la Dolorosa, San Juan y la Magdalena para el conjunto del Calvario de San Lázaro en La Laguna, así como las primeras imá­genes para la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción de Los Realejos tras su reconstruc­ción después del incendio de 1978: Cristo de la Redención, San Juan Evangelista (copia de un modelo de Luján, con manos entrelazadas), y la Piedad o el Nazareno; o también la Santa Faz de La Laguna en su imagen primigenia, sustituida con posterioridad.

Entre los años 1987 a 1994 realiza numero­sos encargos en el taller de su casa de la calle Nuestra Señora del Rosario número 6 de La Perdoma, y en el inmueble anexo, tanto de imágenes de pasión como de gloria. Sus hijos y discípulos Jesús y Ezequiel de León Cruz, que ya trabaja­ban en el taller familiar, a partir del año 87 se in­tegran con mayor ímpetu y deseos de aprender del padre y maestro. Más tarde se incorporará también el discípulo Cristo Quintero. Juntos di­namizan su actividad.

En el año 1995 abre el taller del barrio de La Luz, concretamente en la calle Isla de El Hierro y trabaja en unión de sus hijos y de su segui­dor, realizando numerosas piezas, tanto parar la Semana Santa como para Comisiones de barrios.

Su ciclo laboral dentro del mundo del arte, más concretamente en la imaginería religiosa, campo que dominó con absoluta destreza y profesionali­dad, termina una fatal mañana, la del 27 de octubre de 2005. Como todo maestro generoso que deja una buena obra, también dejó una amplia escuela donde se dominan diferentes campos y tendencias artísticas: imaginería, pintura, restauración, confección de alfombras, arte moderno en diferentes técnicas y estilos, etc. Estos son algunos de los campos que Ezequiel dejó en pro­piedad de sus discípulos: Jesús y Ezequiel de León Cruz, sus hijos; José Luís de León, sobrino; Cristo Quintero y José Hernández, ambos también del barrio de La Perdoma, y el amigo Luís Perera.

Dentro de su fecunda producción como es­cultor imaginero es justo reconocer que ha con­tado con estilo propio. También llega a copiar obras de otros grandes maestros en algunas circunstancias, trabajando al gusto del cliente. En el campo de la restauración es muy signi­ficativa su labor, en unas ocasiones de manera “clandestina” por necesidades perentorias para salvar piezas de indudable valor, y en otras, qui­zás por falta de recursos de épocas anteriores y la poca sensibilidad de los poderes públicos hacia la conservación del patrimonio cultural.

En su extensa obra hay que hacer mención especial a los desnudos, pieza cumbre de todo imaginero, constituida ésta por el Crucificado: estudio anatómico completo del cuerpo huma­no. Éstos los ha realizado en una treintena de ocasiones, cambiando sus posturas, cambiando sus rostros e incluso no existen dos perisonios iguales.

Ezequiel de León, en su extensa obra ma­riana, es el difusor del modelo neoclásico de Nuestra Señora de Candelaria, ideado por el oro­tavense Fernando Estévez del Sacramento. Salvo la original de Candelaria, sólo existe una talla similar en la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción de Santa Cruz de Tenerife, atribuida al escultor chicharrero Miguel Arroyo Villalba, siendo el resto de las existentes en nuestras pa­rroquias y más allá del Atlántico en los países de Hispanoamérica de Ezequiel de León. Es igualmente iniciador de la iconografía del Santo Hermano Pedro, y su posterior difusión con su primera obra en 1981 para la iglesia de San Pedro en Vilaflor de Chasna.

Conviene valorar, dentro del ya citado cam­po de la restauración, que numerosos Patronos de nuestras islas han pasado por sus expertas manos, y resaltar que las Patronas de nuestra provincia han hecho escala en su taller por idén­ticos motivos, junto a otras devociones principa­les, que han surgido en todo su esplendor, reco­brando belleza, brillo y arte para ser apreciadas y veneradas por el pueblo que les da culto. La Villa de La Orotava cuenta con muchas de sus obras y puede constatar la maestría de sus restauraciones. Ezequiel de León y Domínguez, artista, ima­ginero de trayectoria internacional, amigo de todos. El escultor imaginero del siglo XX.