La antigua imagen de Jesús Nazareno

Carlos Rodríguez Morales, Historiador del Arte

El proceso de renovación experimentado por las cofradías de Semana Santa de La Laguna a partir de 1950 ha supuesto el impulso a un tipo de celebración cuyos orígenes en la Ciudad han de remontarse al siglo XVI. El vigor con el que se han fundado o refundado ciertas cofradías, en algunos casos tomando como titulares imágenes que lo fueron en lo antiguo de otras, ha favorecido, sin embargo, el oscurecimiento de la historia de aquellas corporaciones activas durante el Antiguo Régimen. Es lo que ha sucedido con la imagen de Jesús Nazareno, primitiva titular de su Cofradía establecida en la iglesia conventual agustina del Espíritu Santo, que hace ahora un siglo fue sustituida por la que actualmente procesiona la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y Nuestra Señora de la Soledad, vinculada al colegio Nava-La Salle. Aquella imagen ha permanecido olvidada desde entonces en el convento de franciscanas de Santa Clara de la Ciudad siendo recuperada gracias a la restauración de la que ha sido objeto entre los años 1999 y 2000[1]. Con este trabajo pretendemos recuperar –desde el análisis histórico- ciertos aspectos relevantes de la Cofradía que canalizó su culto y de la procesión que se celebra cada Miércoles Santo, destacando la fundamental implicación de la familia Salazar de Frías.

La primera referencia sobre la Cofradía de Jesús Nazareno data de julio de 1611; pero dos años antes se había fundado en la Ciudad la Santa Hermandad de la Humildad de Cristo Nuestro Redentor, base sobre la que debió renovarse poco tiempo después la Cofradía de los nazarenos. Desde sus comienzos fue fundamental la intervención del maestre de campo Cristóbal de Salazar, cabeza de su linaje en Tenerife, quien ya en 1611 era prioste mayor de la corporación junto al capitán Andrés de Fonte y Ponte. Los cultos contemplados al tiempo de la fundación consistían en las procesiones del Miércoles Santo y del 16 de julio, día en que la antigua liturgia hispana conmemoraba la festividad del Triunfo de la Santa Cruz recordando la victoria de las Navas de Tolosa. Tras obtener la licencia pertinente, los cofrades debieron salir por primera vez procesionalmente con motivo de esta fiesta, sacando la Santa Cruz desde el convento de San Agustín siguiendo el recorrido señalado con anterioridad a la Cofradía de la Sangre para su procesión del 3 de mayo.

LA PROCESIÓN DEL PASO

No tenemos certeza sobre cuándo comenzó a celebrarse la procesión del Miércoles Santo con la imagen de Jesús Nazareno. Puede suponerse que fue en 1612, año en que acaso llegó a la Ciudad la efigie que sabemos fue donada junto a otras por Cristóbal de Salazar. Según cierta documentación recogida por José Rodríguez Moure del archivo condal, Salazar habría solicitado a su hermano Juan que la remitiese desde Lisboa, ciudad donde había nacido y donde residió parte de su familia. En cualquier caso, hay constancia de que la procesión se celebraba ya en la década de los años veinte. Tuvo en sus orígenes un carácter penitencial o de sangre; sus participantes acompañaban a las sagradas imágenes inflingiéndose algún tipo de mortificación física, probablemente similares a las que practicaba la Cofradía de la Sangre desde la centuria anterior. Fue fundamental, desde entonces, la protección y la ayuda de Cristóbal de Salazar, que en su testamento de 1654 declaró haber adquirido y donado más de setenta túnicas de bocarán blanco y cerca de cien cruces que se den y r[epartan] entre los penitentes que asistan a la dicha procesión y den la limosna acostumbrada para ayuda de los costos. El hecho de que los participantes portaran cruces evidencia el carácter penitencial del cortejo, lo que viene a ser confirmado por acuerdo del Cabildo de la Isla en 1634, en el que se expone que de la iglesia de los agustinos salían dos procesiones de sangre y de mucha devoción, que inequívocamente han de identificarse con la de Jesús Nazareno y la de la Cofradía de la Sangre. Estas prácticas debieron irse abandonando con el tiempo, pues no nos constan para el siglo XVIII. Desconocemos igualmente cuándo comenzó a “escenificarse” en la Plaza de Abajo el paso de la Verónica, descrito por Nuñez de la Peña de esta forma:

Tres procesiones salen la Semana Santa desta Iglesia [de San Agustín], la una de Iesús Nazareno, sale el Miércoles Santo por la tarde, y en la Plaça de San Miguel se haze el passo de la muger Verónica, quando limpió el rostro a nuestro Señor, y quando Nuestra Señora le encontró, es muy devoto, y al hombre de más duro coraçón haze llorar[2].

Pocas son las informaciones explícitas sobre esta procesión; aún así, intentaremos recrear en base a ellas algunos aspectos del cortejo. Partía de la iglesia conventual agustina con la asistencia del clero de la parroquia de la Concepción, a cuya jurisdicción correspondía. Alternativamente, acompañaban las comunidades franciscanas de San Miguel de las Victorias y de San Diego del Monte, además de la dominica con los religiosos y música de ellas. Asistía también la Justicia, portando una bandera negra y el Regimiento (es decir, los Regidores) con el Pendón del Pueblo, éste tras el palio de respeto. Seguidamente dos filas de cofrades con sus túnicas acompañando la imagen de Nuestra Señora de los Dolores y tras ella, suponemos, el resto de las imágenes en sus respectivas andas: San Juan Evangelista, la Magdalena, la Verónica y Jesús Nazareno. El estandarte de la Cofradía era portado por un miembro de la familia Espínola ataviado con túnica morada pues había sido costeado al tiempo de la fundación por Agustín de mesa Espínola con esta condición. En 1671 dos de sus descendientes (los capitanes Matías Machado y Lorenzo Jaques) entablaron pleito sobre cuál de ellos debía ostentar tal privilegio. El conde del Valle de Salazar, como patrono, gobernaba la procesión repartiendo las insignias y acompañando con su báculo la imagen de la Virgen. Participaba también una doncella hija, nieta o hermana de los hermanos que fueren cofrades, dotada anualmente por los Salazar, que con túnica morada desfilaba ante la efigie del Señor.

Al llegar a la iglesia de Santo Domingo el cortejo se dividía para propiciar el efectismo en la “escenificación” del paso en la Plaza del Adelantado. De esta forma, la Verónica aparecía por una calle encontrándose allí con el Señor. Ignoramos más detalles sobre el paso. Que el cuello de la ima­gen del Nazareno presente la infrecuente particularidad de ser articulado, sugiere la existencia de algún tipo de ingenio que colaborase en la teatralidad, pues no debe dudarse que de algún modo las imágenes de la Verónica y el Señor quedaban juntas o enfrentadas y que con ellas se simularía el momento en el que según los Evangelios apócrifos aquélla enjugó el rostro de Cristo. También se “representaba” su encuentro con la Madre y el discípulo amado, para lo cual las imágenes de San Juan y la Virgen retrasaban su aparición y llegaban a la Plaza posiblemente por la calle de Santo Domingo. Este elemento teatral y festivo que existió en la génesis de las procesiones durante la Edad Media tenía otras manifestaciones en la Semana Santa de La Laguna entre las que podemos citar la ceremonia del Descendimiento celebrada en la parroquia de la Concepción, el Entierro de Cristo en el Convento de Santo Domingo y la quema del Judas.

De las imágenes con las que originariamente se celebraba esta procesión, sólo se conserva la de Jesús Nazareno. Las de la Virgen Dolorosa, San Juan y la Magdalena fueron sustituidas por otras en el siglo XVIII, aunque se desconoce con exactitud la fecha. De ellas, sólo la de Nuestra Señora pudo ser rescatarla del lamentable incendio que destruyó la iglesia agustina en julio de 1964. Se trata de una efigie, que aunque muy expresiva, muestra un dolor contenido constituyendo un sin­gular prototipo de la Dolorosa canaria. Actualmente se guarda en la Santa Iglesia Catedral y es venerada como Nuestra Señora de la Soledad, un título que no le correspondería en principio pues en los documentos aparece citada bajo las advocaciones de las Angustias y de los Dolores. La autoría de José Rodríguez de la Oliva queda recogida en una nota marginal a su Elogio Fúnebre, al incluir­se como obra suya la imagen de Dolores  en San Agustin que acompaña a Jesús Nazareno[3]. También a José Rodríguez de la Oliva fueron atribuidas por Miguel Tarquis las efigies de San Juan y la Magdalena, aunque carecemos de respaldo documental. En el primer tercio del Setecientos la ima­gen de la Magdalena era prestada a la Cofradía de la Sangre para su procesión del Jueves Santo, costumbre que los nazarenos rompieron en 1729. La imagen de la Verónica se guardaba, al menos en 1764, en la casa de los condes; en un inventario de 1826 ya no aparece citada. En 1766 y a pro­puesta del quinto conde Martín de Salazar se intentó que la Hermandad del Santísimo de la Parroquia de Nuestra Señora de la Concepción participase en la procesión acompañando a la ima­gen de la Virgen de los Dolores y portando el estandarte eucarístico. Pero los agustinos plantearon una serie de objeciones a la propuesta de la Hermandad Sacramental, de modo que ésta optó por no pensar jamás en concurrir a dicha función.

LA DEVOCIÓN DE LA FAMILIA SALAZAR A JESÚS NAZARENO

Jesús Nazareno se convirtió en protector del linaje de los Salazar, en su patrón y abogado, de modo que fue frecuente que sus miembros lo invocasen como tal en sus testamentos. En el rema­te central de la fachada pétrea de la casa familiar de la calle de San Agustín, actual Palacio Episcopal, se colocó una pequeña loseta en la que puede leerse en letras incisas “D[E] JHS NSSº” (de Jesús Nazareno) que evidencia lo expuesto. Precisamente sobre estas casas principales quiso el primer Conde que se fundase un convento y noviciado con iglesia aneja puesta bajo el título de Jesús Nazareno. Así lo hizo constar en su testamento otorgado en Milán:[4]

Seguida que sea mi muerte quanto más presto se pueda obligo a la infraescrita señora condesa mi amada esposa o a quien a dicha señora le sucediere en los bienes libre como arriba y abajo a hazer fabricar una yg1esia a honra de Jesús Nazareno en la forma explicada con dicha mi señora esposa en la Ciudad de La Laguna…

En su cumplimiento, la condesa María de Ponte dispuso los detalles en el testamento que otor­gó, ya viuda, en noviembre del siguiente año. Con este fin, destinaba doszientas medidas anua1es de trigo que su padre, el marqués de Adeje, se había comprometido a pagarle en su escritura dotal, además de la cantidad adeudada en este concepto. Una vez finalizarlas las obras de la iglesia y el convento, el heredero debería concertar con los agustinos el trasladar a dicha Yglesia la Ymagen de Jesús de Nazareno que tienen en dicha su yglesia que tienen en dicha ciudad de La Laguna y porque es mi yntención que dicha yglesia la qual se debe edificar sea guardada y venerada quiero que ésta la guarden y dicho convento lo aviten los dichos padres agustinianos por lo menos en número de doze quatro de los quales por lo menos sean sacerdotes pero quiero que en dicha yglesia y convento se erija un nobiziado o casa profesa de dichos reverendos padres agustinianos a disposizión de sus superiores…

Esta manda no tuvo efecto, posiblemente por los problemas derivados de la pretensión del conde de que su hijo natural sucediese en el mayorazgo que fundó en Madrid en 1707. El hecho de que este documento adoleciera de nulidad además del apoyo de Salazar al bando perdedor en la guerra de sucesión española propiciaron que Felipe V mandase confiscar sus bienes, lo que no llegó a producirse por las gestiones realizadas por su sobrino, Cristóbal Valentín de Salazar, segundo en ostentar el condado. Sin embargo, los agustinos pretendieron que se verificase esta nueva funda­ción, de forma que a principios de la década de los años treinta tomaron varias determinaciones en este sentido, planteando incluso que se secuestrasen los bienes dispuestos por la condesa. En 1708 el presbítero Sebastián Ramos Salazar de Frías legó ciertos tributos a una serie de familiares con la condición de que, una vez fallecidos, pasasen a la Cofradía para que todo su valor y producto se gaste en el culto de Jesús Nazareno y adorno de dicha capilla por el que fuere patrono y mayor­domo de dicha capilla y confraternidad. Tanto estos tributos, como con los dispuestos por Cristóbal de Salazar en 1654, constituían la principal fuente de ingresos de la Cofradía.

 


[1] El proceso fue acometido por Pablo Amador Restauraciones SLL tras ganar el concurso público convocarlo por el Cabildo Insular de Tenerife (que sufragó los trabajos), en base a las propuestas prioritarias de la Diócesis de San Cristóbal de La Laguna.

[2] Juan NÚÑEZ DE LA PEÑA, Conquista y antigüedades de las Islas de la Gran Canaria y su descripción. [Ed. original, Madrid, Imprenta Real, 1676]. Ed. facsímil, Las Palmas, 1994, p. 324.

[3] Carmen FRAGA GONZÁLEZ, Escultura y pintura de .José Rodríguez de la Oliva (1695-1777). La Laguna, 1983, p. 135.

[4] Cristóbal Lázaro Salazar de Frías, primer conde del Valle de Salazar, apoyó durante la Guerra de Sucesión española el partido del pretendiente austriaco, lo que motivó su paso a Milán tras la victoria de Felipe de Anjou. En la ciudad ita­liana fallecieron tanto él como su esposa.