La antigua “Procesión del Paso”

Domingo Marrero Cabrera

El Miércoles Santo era muy esperado por los antiguos laguneros. Laguneros de tiempos pasados que cada año recalaban en la Plaza del Adelantado para contemplar un cuadro singular. La llamada “Procesión del Paso” se celebraba entonces en La Laguna, en una época en que las procesiones de sangre o de disciplinantes transcurrían por nuestras calles. Esta procesión pervivió hasta 1776, año en que el obispo Cervera mandó suprimir la representación que se realizaba en la plaza.

Es conocida la mención que, de esta procesión y de la peculiar representación, nos ofrece el insigne Núñez de la Peña:

“Tres procesiones salen la Semana Santa desta Iglesia [de San Agustín], la una de Iesús Nazareno, sale el Miércoles Santo por la tarde, y en la Plaça de San Miguel se haze el passo de la muger Verónica, quando limpió el rostro a nuestro Señor, y quando Nuestra Señora le encontró, es muy devoto, y al hombre de más duro coraçón haze llorar”.[1] 

Sin embargo, es menos conocido el relato que exponemos a continuación, el cual está firmado por D. Domingo Marrero Cabrera y, sin duda, extraído de alguna fuente bien documentada.[2]

 

La Ceremonia del Miércoles Santo

Esta tradicional ceremonia se conocía por la “Del Paso”, y se celebraba el miércoles Santo. Durante la misma tenía lugar el encuentro de Cristo con su Santa Madre en la añosa calle de la Amargura, acto este al que asistía una ingente multitud.

Procesionaban para esta ceremonia las imágenes de Jesús Nazareno, La Dolorosa, La Verónica y San Juan, que salían desde San Agustín, acompañadas de miles de fieles y de varias hermandades y cofradías, que vestían túnicas moradas y capuchas. Unos portaban hachones, otros cargaban sobre sus hombros pesados maderos; y los últimos llamados “disciplinantes”, iban con sus cuerpos desnudos de la cintura para arriba y cubiertas sus cabezas con un hirsuto bisoñé, cuyos pelos les caían sobre las caras, al mismo tiempo que sostenían una Cruz en una de sus manos y en la otra empuñaban un flagelo, con el que azotaban sus cuerpos hasta hacer salir la sangre, espectáculo que producía ayes y lágrimas a los que lo presenciaban.

El primer descanso que este desfile procesional hacía lo era en el Convento de Clarisas, en el que las monjas, a más de reverenciar al Nazareno, entonaban cánticos alusivos. Al salir de este convento, los “pasos” se dislocaban, y el de la Virgen de Dolores, el de San Juan y la Verónica, que eran seguidos de las comunidades de frailes dominicos y franciscanos, así como de la Parroquia, lo efectuaban por la vieja calle del Agua, hasta llegar a la plaza del Adelantado; el de Cristo con la Cruz a Cuesta, seguido de su Cofradía, llamada de “Luz, Cruz y Disciplina”, y los religiosos agustinos, lo hacía por la calle del Pino [actual calle Viana], hasta la de la Carrera, continuando hasta la mencionada plaza.

Como el trayecto a recorrer por los primeros tronos era mucho más corto que el que efectuaba el Nazareno, aquellos eran situados, en tanto llegaba el de Jesús, así: el de la Verónica, frente a la casa de los Gallinatos [casa Xuárez Gallinato, esquina de la plaza donde hoy se encuentra CajaCanarias], y la Dolorosa y San Juan, frente a las puertas de los antiguos graneros del Cabildo de la Isla, que en 1883 sirvieron para edificar el mercado.

En la escalinata que sirve de acceso a la histórica ermita de San Miguel –hoy en un estado de abandono lamentable–, se instalaba una Cátedra del Espíritu Santo, desde la que un sacerdote, coincidiendo con el momento que el Nazareno hacía su entrada en la indicada plaza y una vez que quedaba estacionado frente a los portales del Cabildo, daba comienzo al sermón, que consistía en describir todas las escenas del Via-Crucis.

 

EL MOMENTO DE LA CAÍDA

Y así, con arreglo a los hechos que fueron previstos en la Sacra Adivinación, se iban indicando desde el púlpito la ceremonia y comenzaba ésta con el pausado y lento caminar de Jesús Nazareno, hasta la proximidad del Callejón de la Carnicería, haciéndolo igualmente la Verónica para encontrarse con el Divino Mártir. Al hallarse ambos “pasos” muy cerca, los cargadores que portaban el de Jesús, imprimían tal movimiento al trono con sus brazos, que daba la impresión de que se producía una de las caídas, momento que se aprovechaba para acercar más el de la Verónica hasta que las manos de ésta se aproximaban a la Sacra Faz, apareciendo entonces en un fino lienzo las tres faces del rostro de Cristo. El momento era de una indescriptible y patética emoción.

Terminada la misma, las imágenes eran situadas al centro de la plaza, saliendo entonces el Evangelista que, volviéndose hacia La Dolorosa, hacía como que indicaba a la Santísima Virgen el lugar donde se encontraba su Hijo. Después, salían todos los pasos, levantando la cabeza el Nazareno en tanto que la Santa Madre se enjugaba su llanto con un pañuelo, haciéndose todos una ligera reverencia.

Y así concluía antaño lo que fuera renombrada y tradicional ceremonia del “Paso”, regresando a San Agustín las imágenes.

El suprimirse por el Consejo de Castilla las flagelaciones de los penitentes, al igual que se taparan las caras, fue causa de que esta antigua ceremonia decayera hasta la total extinción…

Domingo Marrero Cabrera

 


[1] Juan NÚÑEZ DE LA PEÑA, Conquista y antigüedades de las Islas de la Gran Canaria y su descripción. [Ed. original, Madrid, Imprenta Real, 1676]. Ed. facsímil, Las Palmas, 1994, p. 324.

[2] Publicado en el periódico El Día del 6/04/1966. Las notas entre corchetes son nuestras. El principio del relato toma como fuente documental los apuntes de Rodríguez Moure.