Pregón de la Semana Santa de La Laguna 1962

Jesús Hernández Perera

Las llanadas de Aguere llamaban a Alonso Fernández de Lugo con la bondad del clima, el verdor del paraje, la luz tibia de sus ocasos, y también la lámina tersa de La Laguna que, con sus dulces aguas, abría futuras perspectivas a la vegetación y a la vida. Y allí volvió el Adelantado después de la victoria, lograda la rendición del pueblo guanche tras las jornadas cruentas de Acentejo.

Para que pudiera mirarse todos los amaneceres en el espejo cristalino de las aguas, para que a cada crepúsculo el sol la obsequiara con pepitas de oro flotando sobre las ondas arrulladas por la brisa, Alonso Fernández de Lugo fundó allí, junto a la húmeda ribera, su villa de San Cristóbal, la ciudad de La Laguna, la capital y cabeza del insular imperio que, con su esfuerzo, quedaba engastado, como otra gema atlántica, en la corona de Castilla, en el centro bifronte de Isabel y de Fernando, junto al cuello enérgico y aureolado del águila de Patmos, celeste y cimero tenante de las armas reales a las que acababa de adherirse la postrera y más cautivadora granada del Islam y la riqueza insondable de América.

Desde entonces la ciudad aprendió a inclinarse sobre el espejo de su pequeño lago. Y cultivó con donaire y aristocrático refinamiento esa gracia sutil de la coquetería. Paso a paso, año tras año, fue enjoyando el rostro y la garganta, los hombros y el seno, los brazos, las muñecas y los dedos largos de su anatomía con las mejores preseas que el arte isleño hizo surgir en el contorno de sus arroyos.

Para que también el sol acariciara, enamorado, el armiño blanco de sus fachadas y la roja cabellera de sus tejados, el fundador se cuidó de marcar al astro su diurno derrotero, aprisionando su luz y su calor en calles largas y prietas que canalizan sin solución de continuidad el reverberar del naciente y el postrero resplandor naranja del ocaso.

Como hitos de esta cotidiana definición estelar, el Adelantado no olvidó la otra andadura, la que por encima del astro rey y de las estrellas impone al hombre una ruta trascendente y eterna. A cada extremo de esa columna dorsal que es su calle mayor, erigió en sendas plazas los dos primeros templos: Santa María y San Miguel, protectores egregios de la ciudad i de la isla, entre los que vadeaba el lago su tercero y epónimo patrono San Cristóbal, trémulo y esforzado atlante bajo la carga divina e infantil del Creador del Mundo.

Desde el gótico hasta el barroco y el neoclasicismo, con los primores del plateresco y la majestad soberbia del bajo Renacimiento, todos los estilos del arte español contribuyeron fecundos a sublimar y magnificar la tensa cuadrícula en que su urbanismo quedó articulado. El reflejo de sus aleros y tejados, de sus portadas y balcones, de sus campanarios y de sus torres, en la lámina amplia y virginal de su laguna, contribuyó a dar a la ciudad ese regusto de sí misma, esa complacencia en sus particulares galas, esa recreación amorosa y narcisista que le devuelve la suave sonrisa de sus cristales y se ha convertido en patrimonio privativo de sus habitantes.

Cuando las aguas cristalinas que le dieron nombre se convirtieron en manto de nubes y la ciudad perdió el espejo en que coqueta pudo mirarse durante tres siglos, La Laguna era ya la dama adulta que atesoraba, en las arcas de tea olorosa de sus mansiones y sus iglesias, las más ricas joyas de su atrezzo, las mismas que hasta hoy han perdurado, vestidas de pátina rancia y de la plata repujada con que las forjó el siglo XVIII, para adorno y brillo de la ciudad entera. Ya no puede asomarse a la limpia superficie del lago que vio sucumbir antaño los postreros pechos guanchinescos y reflejó el brillar al sol de los nuevos lábaros y las férreas armaduras castellanas. Pero La Laguna suplió con creces el espejo que un día le fue arrebatado: su fisonomía su vida entera la duplica a diario el transparente cristal que la tradición, nuevo y añejo, rancio y constante visor que presta a su brillo de oro viejo el encanto ancestral de otras edades y otros tiempos, milagrosamente conservados para los ojos y los oídos y el olfato y el tacto y el gusto del presente.

A lo largo del año, La Laguna abre sus arcas perfumadas de sus tradiciones, se viste con los trajes de sus mayores y los muestra, ufana, ante la admiración de las gentes, para guardarlos luego celosamente entre las sedas y el aroma de los recuerdos. La ciudad que, entre todas las del archipiélago, sobresale por el culto acendrado a sus vetustas costumbres y el entusiasmo por hacer revivir, por recrear, lo de ayer en el marco de hoy, tiene un empeño en definirse al final de cada estación con el más acorde espectáculo, en la más elocuente manifestación de añejas ceremonias, vivificadas perennemente, al soplo sublime de la fe, por la llama sobrenatural de la religión.

Si, al fin de la primavera, las alfombras del Corpus Christi y la riente Romería de San Benito esmaltan de flores y color las rúas soleadas de la urbe, la pirotecnia jubilosa de las fiestas del Cristo pone sonoro final a las doradas y ubérrimas jornadas del estío. La luna de plata sobre la que apoya la Inmaculada Concepción su blanco pie, en el argénteo trono que le alzó la parroquia matriz de la isla entera, es la que despide, en su fiesta decembrina el último resplandor del otoño.

 

SILENCIO Y RECOGIMIENTO

La ciudad se recoge, ensimismada y contemplativa, en los días brumosos del invierno y, cuando la nieve se ha licuado ya en la imponente cima del Teide y las primeras flores entreabren sus cálices ante la arribada tibia de la nueva estación, la Laguna recorre de nuevo sus calles y saca de sus templos el magno cortejo procesional en que, como síntesis admirable de fe colectiva y de culto a la belleza artística, aúna el espíritu y la biografía de toda la urbe; Semana Mayor, Semana Santa, Semana grande, el gran auto sacro en el que toda la ciudad, actor y espectador a la vez, representa y presencia el más grande y trágico drama de todos los siglos, la Pasión y Muerte y Sepultura de Jesús, el Varón de dolores.

Por la cuadrícula silente de sus calles, crujías recoletas de un magno claustro conventual que por milagrosa pervivencia ha conservado durante cinco siglos el trazado ortogonal que a la ciudad dieron los góticos conquistadores; bajo las bóvedas, adoveladas de brumas, de su cielo; entre las rúas rectas y prietas cuyos muros los habilísimos carpinteros isleños colgaron de balcones y ajimeces moriscos, marcos de tea tallada donde se encuadra, velada por las celosías, la belleza de la mujer canaria; al brillar, como redonda moneda de plata, la luna llena del mes de Nisán, La Laguna entera surge de su húmedo y añejo letargo invernal para recorrer, en renovada singladura anual, su Semana Mayor.

Como si obediente al mandato abacial, transmitido a todos los vientos por las voces graves y metálicas de los bronces achados al vuelo en la mañana del Domingo de Ramos, la ciudad cobrara conciencia unánime, oficial, de su catolicidad. Su clara mirada se eleva a la altura, tras las verticales pétreas y severas de sus torres grises. Los moradores se revisten de los hábitos talares, esos paños gruesos de plegados cilíndricos como los inmortalizados por Zurbarán en sus extáticos monjes, y graves, silenciosos, se incorporan al desfile monacal y solemne, lleno de salmodias, grávido de plegarias reiteradas una, dos, tres veces, cada uno de los días trascendentales de la magna hebdómada.

No necesita la ciudad colgar de sus ventanas los morados damascos de la liturgia cuaresmal porque las fachadas ya se visten desde centurias con la sillería cárdena que emplearon los canteros góticos y renacentistas, o con el azul plomizo que, entre albos silencios, vertebra torres y portadas, o con la negra piedra molinera que arista de trentinas austeridades las esquinas solariegas y las horadadas espadañas. Pocas veces la piedra se asocia con tal adecuación al espíritu recoleto y doliente de la magna epifanía procesional. La tea de balcones y ventanas muestra emocionada, por las grietas de su vejez, las lágrimas resinosas de su llanto de siglos. La arquitectura entera de calles y plazas adopta en esta ocasión lúgubre de la Procesión Magna el ambiente que el cortejo pasional exige. La urbe es marco y decorado de auto teatral, escenario y tramoya sacramental, bambalina y reflector, cávea y orquesta del sublime drama. Y la escena resulta única, el decorado particular, la tramoya personalísima entre todas las comunidades de la isla por el encanto singular de su urbanismo, la conjunción feliz de sus arquitecturas seculares, gala y museo del arte canario.

 

LA TRAGEDIA VIVIENTE

Las torturas de la Pasión, el dolor por la muerte de Cristo, el llanto de María y la amargura de Magdalena, adquieren exacto y diverso sentido cuando la anatomía llagada del Salvador o las lágrimas de la Dolorosa se recortan, al salir de la Catedral, bajo el alero rojizo del balcón corrido de la Casa Museo de Ossuna; cuando al doblar la calle de San Agustín las encuadra la gracia sonriente de la portada del Hospital de Dolores, con su roto frontón seiscentista por el que sube, atornillada en su tirabuzón de piedra, la enseña cruciforme del cristianismo; cuando se proyectan sobre la oscura y barroca fachada del Palacio Episcopal, traza de un hábil carpintero que se llamó Juan González de Castro Illada, con sus salientes columnas pétreas y las airosas torrecillas que disparan al cielo sus morteros de piedra o dejan arder en el frontispicio las trece estrellas heráldicas de los Salazares, símbolo del vuelo hacia lo alto de aquel inolvidable pastor, nacido de nuestra misma tierra, que tras los cristales de los ahora cerrados balcones vigiló solícito durante trece años los corderos que el Altísimo cargó sobre sus hombros frágiles.

Cuando en la encrucijada de la calle de los Álamos se ve pasar el cortejo entre la vieja casona de los Jesuitas, que de sus estudios de gramática, vino a servir de sede a la Universidad de San Fernando, hoy a la Real Sociedad Económica y al Instituto de Estudios Canarios, y el opulento palacio de los Lercaros, con su italiana portalada cinquecentista y las armas genovesas de una de las más conspicuas familias que a Tenerife, insuflaron sangre itálica.

Cuando el desfile se desliza trémulo, como esas cornisas ondulantes que la gracia del rococó curvó en el tímpano de la casa de Melo y en tantas otras casonas laguneras; cuando al doblar la calle del Agua le sirve de telón de fondo esa magna fachada, hermosa y soberbia página de piedra, que es el Palacio de Nava, donde el arquitecto Juan Benítez, secundado por Manuel Penedo, legó a La Laguna la más bella mansión del bajo Renacimiento que puede admirarse en el archipiélago, suntuosa y armónica, émula de los palacios genoveses y granadinos del siglo XVI, reclinada entre almohadillas de piedra y presidida por el barroco frontispicio en que se contorsionan gráciles columnas salomónicas.

Cuando, en súbita transición, se miran los tronos exuberantes de luces y plata, oro y terciopelo, siluetados ante el blanco paredón, humilde y sencillo; a la vez misterioso y morisco, del convento de las Madres Catalinas, a cuya cima se encarama, como nido de palomas blancas, el romántico ajímiz o muxarabi tras cuyas celosías de tea miran, sin ser miradas, las dominicanas moradoras, cuya casa se alza sobre el solar de la que fue mansión del Adelantado fundador de la ciudad, una de cuyas puertas, acaso la que el arquitecto sevillano Pedro de Llerena labró por encargo de don Alonso de Lugo para la primitiva ermita de San Miguel, todavía muestra sus baquetones góticos de cantería rojiza moldurados al gusto de principios del siglo XVI.

Cuando la bóveda verde de los plátanos que sombrean la Plaza del Adelantado las filas de encapuchados y penitentes penetran en ese desfiladero de la Carrera, a cuya diestra se muestra la ascética desnudez, la privación y la penitencia, la renuncia y la soledad monacales simbolizadas en el muro ciego y macizo que separa al ruido del silencio, al tráfico de la quietud, a un mundo de otro, y del lado izquierdo la sólida fábrica municipal a la que el neoclasicismo coronó de frontones grecorromanos y antes el plateresco había enjoyado con alfices, balaustres y escudos, labrados por el cantero Francisco Merino, autor de la portada más antigua y la mejor versión de este estilo hoy conservada en la isla.

Cuando los hachones de los penitentes parpadean sobre los escudos marmóreos del Colegio de Nava o en los balcones mudéjares o en los batientes de tea tallada de las puertas o en los cojinetes labrados de los antepechos, bajo la triple visera color ladrillo de los tejados, inverosímil jardín colgante de mesopotámicas remembranzas.

Cuando las altivas torres de la Catedral, rivalizando en gallardía con las gráciles palmeras o las matemáticas araucarias, prenden entre sus veletas la corona de espinas o los clavos del Crucificado.

Cuando en rectilínea y prolongada columna, que pauta monótono el sordo retumbar de los tambores, las hileras se alargan hasta los cimientos de la torre de la Concepción, orgulloso pebetero en cuya cima inacabada se enmarañan los últimos rayos del poniente.

Todas estas facetas alucinantes se integran, de manera única y a la vez diversa, con la estirpe piadosa de la noble y heráldica ciudad.

 

MUSEO ANDARIEGO

Custodiadas todo el año en lo hondo de las iglesias, perfumadas por el olor de incienso y la tea antañona de las techumbres, van saliendo de sus capillas las emotivas imágenes en las que el arte isleño hizo cristalizar las más trágicas y sangrantes horas de la vida de Jesús, el Varón fuerte. Las calles de La Laguna son estos días peregrino y andariego museo donde se muestra el arte consumado y la piedad sincera de sus escultores de ayer y de hoy; donde la gubia de Antonio de Orbarán y Lázaro González acompaña el realismo tranquilo de José Rodríguez de la Oliva; donde llora la conmovedora Dolorosa de José Luján, se entristece la Virgen del sevillano Astorga y derrama sus lágrimas la Magdalena de Fernando Estévez; donde el cruento suplicio de los azotes surcados en rojo sobre las espaldas genovesas del Cristo a la columna va seguido de las espinas punzantes del Ecce Homo y las caídas penosas del Hombre-Dios camino del Calvario; donde la amargura arrepentida que Estévez imprimió a la faz trasmudada de San Pedro arranca al Nazareno suave mirada de perdón; donde cuelga de su cruz argéntea la cárdena anatomía gótica del Cristo de La Laguna, paternal protector de la vieja capital tinerfeña desde los albores de su historia centenaria, el mejor escudo plantado por su fundador el Adelantado junto a las riberas de la epónima laguna desaparecida; museo donde yace en su sarcófago de plata el cuerpo yerto del Salvador.

La platería presta al cortejo el brillo frío, señorial, de sus repujados, gloria y primor de los antiguos orfebres barrocos de la ciudad, que sembraron las iglesias con las rocallas y cartelas de sus labores, hoy renovadas en aras de una resurgida tradición centenaria.

Pero no sólo las calles destellan con el metálico resplandor de la plata. También las capillas de los templos donde la piedad enjoya con mil primores los monumentos eucarísticos, refulgen, bajo el oro de los mudéjares artesonados, orgullo de nuestra arquitectura, los frontales y antipendios, los baldaquinos y candelabros de argentería, su profusión y abundancia tales que más parece urbe indiana enriquecida por legendarios tesoros incaicos, rendidos al Salvador doliente y martirizado.

Síntesis de arte y de fe, espectáculo sublime y desfile multicolor, la Semana Santa de La Laguna es también definición exacta de un pueblo que extrae anualmente de su tradición y religiosidad el más emotivo latido y la más cumplida escenificación isleña del dramático deicidio del Gólgota.

 

Jesús Hernández Perera