Pregón de la Semana Santa de La Laguna 1979

Jaime Massanet de Blanes Izquierdo

Excelentísimo y Reverendísimo Obispo de la Diócesis, autoridades, Junta de Hermandades y Cofradías, hermanos en la fe católica, señores y señoras.

Con relativo temor pero como pregonero obediente, me dirijo a ustedes en esta entrañable Parroquia de Santo Domingo de Guzmán, con la pretensión de servir de heraldo a la Semana Santa lagunera.

Y digo esto, porque esta antigua iglesia que sirvió de capilla al convento de la Orden Dominica, donde ya en el siglo XVII, convertido en colegio, se enseñaba la teología y la filosofía, fue, por así decirlo, la primera Universidad de La Laguna, y siendo así, es tribuna propia para oradores de probada valía, ya que no hay que olvidar que el Santo nacido en la vieja Castilla, es el fundador de la Orden llamada de los Predicadores, baluarte de la fe católica, fecunda en santos y en relevantes oradores sagrados.

Sin embargo, cuando recibí la invitación para servir de anunciador a esta tradicional y siempre renovada Semana Mayor lagunera, sentí una íntima satisfacción porque se me estaba ofreciendo la oportunidad de rememorar escenas y vivencias muy queridas de mi niñez y adolescencia, cuando aún estaba en pie la antigua plaza junto a este templo y regía los destinos de la parroquia el apreciado don José.

También comprendí que aceptarla constituía un deber como católico, como tinerfeño y como lagunero, aunque reconociera muy sinceramente mis limitaciones. Pensé que una pequeña dosis de valor es imprescindible para acometer cualquier empresa nueva por mínima que esta sea. En realidad, lo que perjudica al hombre en muchos casos, no es otra cosa que el miedo. Miedo de hacerse viejo, miedo de perder un empleo, miedo de ejecutar la menor labor fuera de lo que llamamos normal o rutinario.

Por eso, violentando ese temor que presento ante ustedes para ser portavoz y pórtico anticipado al mismo tiempo, de la Semana Santa lagunera y, para ello, ningún marco más apropiado que la Parroquia de Santo Domingo, a pocos metros de la Plaza del Adelantado, plaza canaria, castellana y andaluza, donde en otros siglos, el Miércoles Santo, se encontraba la imagen de Jesús Nazareno con la de Santa María, en una de las procesiones más antiguas y de mayor arraigo popular en la ciudad.

Iglesia de Santo Domingo, en cuya jurisdicción parroquial se encuentran santuarios que nos hablan de la historia y de la religiosidad de esta población lagunera. El Monasterio de Santa Catalina, que ocupan las Dominicas de clausura desde 1611, y la ermita de San Miguel, fundada por el primer Adelantado a principios del siglo XVI, se sitúan a un lado y otro de la ya nombrada Plaza del Adelantado. La ermita de San Roque, cuyo santo fue declarado copatrón de la ciudad, la vemos en la montaña que se alza a espaldas de este templo. La capilla de San Cristóbal, construida antes de que La Laguna fuese villa, y cuyo santo dio más tarde el nombre a la ciudad, se levanta a unos pasos de aquí. Y el Monasterio de Santa Clara, en la dirección al Real Santuario del Santísimo Cristo de La Laguna, fue el primer convento de monjas que se estableció en Canarias.

Iglesia de Santo Domingo, presidida por la venerada imagen de la Virgen del Rosario, en la que se conserva la pila bautismal donde fue bautizado el gran Apóstol del Brasil, Padre José de Anchieta, gloria y orgullo de la misión evangelizadora de España.

Santo Domingo, calificada por el poeta de rosario con música de campanas, rodeada de manifestaciones de arte religioso en los campos de la pintura, la escultura y la orfebrería, compendio de épocas diversas, desde la talla del Señor Difunto, del siglo XVI, que sale en procesión el Viernes Santo, pasando por los Santos Varones y la Magdalena que junto a Nuestra Señora de la Soledad con pasos, que acompañados por la Cofradía de la Unción y la Mortaja de Cristo y la Sección Penitencial de la Hermandad del Rosario desfilan el Jueves Santo, hasta las obras pictóricas que bajo el impulso de aquel incansable párroco que fue don José García Pérez, han cubierto en el presente siglo las paredes de la iglesia con sus frescos de la mano de renombrados pintores como Pedro de Guezala, Mariano de Cossío o Antonio González Suárez, sin olvidar la extraordinaria custodia, magnífico exponente de la orfebrería barroca de nuestras islas y la urna de cristal y plata de la capilla del Señor Difunto o los trabajos actuales de plata repujada obra de Agustín Guerra. Esta parroquia alberga riquezas artísticas que facilitan y estimulan nuestra profesión de fe, al propio tiempo que contribuyen decisivamente a conferir a la Semana Santa de La Laguna, la solemnidad y recogimiento requeridos.

Evoquemos brevemente el día del Jueves Santo, en que el maravilloso “Monumento”, con destellos de luz y plata, se ve envuelto en la cortina de incienso y el perfume de las flores, donde el arte rinde homenaje al Rey de Reyes, ante el que se inclina con fervor el corazón del creyente en un ambiente penetrado de honda espiritualidad.

Y ya que hablamos de arte, séame permitido dedicar unas palabras a una imagen de profundo significado: la del Cristo de la Humildad y de la Paciencia. Podría considerarse esta talla de imagen representativa de la iglesia de Santo Domingo en las procesiones de la Semana Santa lagunera. Atribuida al escultor palmero Antonio de Orbarán, obra de mediados del siglo XVII, sale en procesión el Jueves Santo, acompañada de la Cofradía de la Misericordia.

Pero creo que el Cristo de la Humildad y de la Paciencia es algo más que una bella expresión artística del sentir religioso de un pueblo, es un poco el símbolo de la Pasión entera. Es el símbolo del amor que redime y la humildad que perdona. Cuando el egoísmo, la ambición, la soberbia, el orgullo, se paseaban en tiempos de Cristo y se pasean en la actualidad por el mundo, Él nos demuestra la humildad que debe llenar de paz nuestro trato con los demás. Con ella no hay discusión, no hay envidia, no hay ofensa posible. Cuando algunos oprimen y otros ponen sus esperanzas en el odio que envenena y el explosivo que destruye y mata, qué lección imperecedera la del Cristo de la Humildad poniendo al alcance de todos esa pequeña raíz de la cual crecen todas las demás virtudes. Cuando de observa que no pocos, de los que tienen más y de los que tienen menos, viven presos de la neurosis reivindicativa, de la queja permanente, de la hipertrofia de la noción de derecho, en suma, del descontento por sistema. Él nos enseña que sólo se es perfecto a condición de ignorarse. Él nos predica el amor por la vida sencilla, libre de vanidades, de difamaciones, de mezquindades y de envidias.

¡Qué magna lección de humildad nos da Cristo desde el comienzo de su Pasión! ¡Qué extraordinarios pasajes nos relata el Evangelio impregnados de paciencia y humildad, desde que Jesús se reúne con sus discípulos para celebrar la Pascua hasta que le contemplamos en esta imagen coronado de espinas!

Decía San Agustín refiriéndose a la humildad, que la suficiencia de mi mérito no es suficiente. Esa humildad de Dios, por contraposición a aquellos soberbios dioses de los antiguos paganos, hizo escribir al poeta estos brillantes versos que dicen así:

“Fiero anuncia Marte que un Dios extranjero llegaba al trono de los inmortales, tembló el Olimpo todo, la asamblea de dioses, con asombro, vio un débil Dios de manos traspasadas que llevaba un patíbulo en el hombro”.

 

De la imagen del Cristo de la Humildad y de la Paciencia se pueden extraer un sinnúmero de enseñanzas y reflexiones. Por eso no podemos estar de acuerdo con esa tendencia hoy de moda, y como tal suponemos pasajera, que pretende reducir la religión a lo meramente individual, sin ninguna clase de manifestaciones al exterior y donde, prácticamente, están olvidadas las acciones demostrativas de la fe que profesamos. Esto es, evidentemente, olvidarse de que el hombre es un ser simbólico.

Sabemos que el católico debe aceptar determinados ritos, y desde la cuna hasta la tumba se conforma a ellos: se convierte en cristiano mediante el agua recibida en el Bautismo; con la Eucaristía ante el Sacerdote en la Confesión; el Matrimonio, el Orden sacerdotal y la Extremaunción exige cada uno determinada ceremonia.

Los hombres necesitamos del símbolo, concretamos el ideal en el símbolo ya que es humana la necesidad de dar cuerpo a lo abstracto. Como afirmaba un sabio de la antigüedad, el mundo perfecto existe como una idea y el mundo en que vivimos no es más que la imagen imperfecta de esa idea, pero esa imagen imperfecta, añadimos nosotros, nos ayuda indiscutiblemente para acercarnos a esa perfección. Y si no, fijémonos en ese signo elegido de la Cruz que preside en todas las procesiones de la Semana Santa lagunera, donde se cruzan dos trazos: el horizontal, que nos habla de la proyección humana y comunicativa del cristiano, abriéndose y siendo útil a los demás en la vida de cada día; el vertical, que nos debe llevar a una superación constante pensando que todo no concluye aquí abajo.

La Iglesia Católica ha sido a través de los siglos gran impulsora de las bellas artes, buscando constantemente su servicio, ayudando a los artistas para que los objetos destinados al culto sean signos y símbolos de esas realidades celestiales.

La fuerza de la imaginería religiosa como símbolo de esas realidades celestiales, me lleva a recordar a aquella humilde lagunera que apenada porque la imagen de Cristo de la que era muy devota, había sido adquirida y trasladada a otro lugar, vendió cuanto poseía con el fin de recuperarla, cosa que logró, conociéndose desde entonces dicha imagen como la del Señor del Rescate.

El contraste existente entre las obras y la fe, los ritos y la luz interior, informa toda la historia del Cristianismo, y esta afirmación no es una opinión personal. El Papa Juan Pablo II, en su reciente encíclica “Redemptor Hominis”, nos recuerda el deber de la observancia de las normas litúrgicas y de todo lo que atestigua el culto comunitario.

Es evidente que las procesiones de la Semana Santa lagunera representan entre nosotros expresión de fe religiosa, y atestiguan una devoción comunitaria. Su presencia en nuestras calles se hace necesaria, pues enriquecen el espíritu de los mayores y forma el de los pequeños, pero, para los no creyentes que asisten a estas manifestaciones públicas, se expone una parte integrante del acervo cultural de la isla.

Por qué no repetir aquellas estrofas que cantan a esa inigualable Procesión de Madrugada en que Cristo pasa por las viejas calles laguneras entre dormidas casonas, escoltado por el parpadeo de la cera y el apenas perceptible murmullo de las oraciones:

 

Procesión de madrugada:

¡Cómo brillan los luceros

que los ángeles encienden

por el Cristo lagunero!

 

En los desfiles procesionales de La Laguna se reza el dogma a la vez que se pregona la fe. Nuestra Semana Santa es sobre todo un catecismo entre flores y cirios, pero también es una manifestación tradicional y viva de culto público que se erige en efemérides del año en la vida y la acción de la ciudad.

El preparar procesiones de tanta fama, exige una constante atención, y los procesionistas laguneros celosos guardianes de una tradición, lo saben bien. Año tras año, sin desmayo, en épocas propicias y adversas, en períodos de depresión o abundancia económica, La Laguna lleva a efecto la empresa.

Precisamente este año, la Semana Santa de La Laguna contará con un nuevo paso que representa uno de los eslabones de esa cadena humillante y paciente que recorrió Jesús hasta el Calvario. El bello trono se denomina “Jesús ante Caifás” y saldrá por primera vez el Martes Santo acompañado de su cofradía penitencial que está nutrida por cofrades de La Cuesta. Resulta alentador comprobar esta nueva participación de La Cuesta pues ello supone potenciar nuestra Semana Santa y hacer sentir su presencia en las distintas zonas del municipio.

Cuando se abre el periódico cuaresmal, austero atrio de la Semana de Pasión que anuncia la inminencia de los días más solemnes, los artífices de la gran Semana religiosa se afanan preparando el adornote los tronos, esos mil detalles que pasarán inadvertidos en la grandeza del conjunto. Hay que distribuir con gusto y elegancia los cirios, las flores, las lamparillas, los ornamentos todos. Son incalculables los tesoros de amor y de entusiasmo que se derrochan en estas cosas, y la verdad es que el fin merece todos los esfuerzos. Cuando en las tardes laguneras salen los tronos a la calle, todos dan por bien pagados sus afanes.

Sería pecar de ingratitud no dedicar ahora un sincero elogio a los componentes de la Junta de Hermandades y Cofradías así como a los miembros de las mismas, a los párrocos y sacerdotes de los distintos templos y a todas aquellas personas que de manera tan desinteresada aportan su trabajo para que las manifestaciones externas de los días venideros tengan lugar con su característica solemnidad.

Entre esas personas quiero resaltar a aquellas que sin ser vistas se encuentran presentes de forma singular en la Semana Santa lagunera, con sus trabajos primorosos trazados por manos de artista anónimo. Me estoy refiriendo a las monjas de los conventos a quienes La Laguna y la isla entera deben más de lo que en principio se pueda imaginar.

Los poetas, los escritores, se han extendido abundantemente sobre el tema de la Semana Santa, y, en líneas cortas, en prosas largas o en crónicas urgentes, se han cantado ya los muchos y diferentes valores de esta particular expresión de fe religiosa que se inicia el Domingo de Ramos con los niños, el oro pálido de las palmas rizadas y las verdes olivas benditas, y después de llegar a la recoleta procesión del Silencio con el traslado del Señor Difunto desde la Catedral hasta el templo que ahora nos acoge, culmina en el gozoso Domingo de Resurrección con la solemne Misa Pontifical.

La Semana Santa lagunera pasará por los ojos de muchos como un triunfal desfile, como una festiva romería, sin embargo, es necesario mirar al Nazareno que pasa por nuestras calles como símbolo del cristiano valiente que lleva sin vanaglorias una astilla de su Cruz.

Al presenciar el paso de las imágenes, junto al colorido de los detalles, las tulipas de cristal y la policromía de las flores, el clamor de las trompetas y el redoble de tambores, en una palabra, el aire costumbrista de la Semana Santa, pensemos que Dios quiere que vivamos asociados a su drama provocado por nosotros.

Sobre La Laguna se cierne una atmósfera de piadosa espiritualidad que provoca al atardecer la plegaria del transeúnte ante el trono que desfila. Los anunciadores de la Semana Santa que me han precedido y los que sin duda me sucederán, han logrado y lograrán espléndidas piezas oratorias, pero son las imágenes que recorren las calles, los insustituibles y locuaces pregoneros de ese mismo misterio de la redención del hombre protagonizado por el Salvador.

¡Que los desfiles procesionales de la vieja y nueva Aguere ayuden a rescatar a los hombres para la eternidad! ¡Que por lo menos sirvan de acercamiento a esa fe que hizo exclamar al gran poeta lagunero!

 

¡Dicen que el cielo es mudo!

Y cada estrella me pregunta,

temblando, tristemente.

¿Qué has hecho de tu fe?…

¿Qué harás sin ella?

 

Es por eso, que tal como nuestros padres y abuelos han hecho posible que la tradición de siglos de esta Semana Santa se haya mantenido como testimonio de fe y devoción, nosotros tenemos el deber no sólo de conservarla sino de inyectarles, ya sea con nuestra asistencia a ellos, pues nuestra ausencia sería irresponsable comodidad que la isla, con justicia, nos reprocharía, porque, en definitiva, la Semana Mayor de La Laguna, es la Semana Santa de Tenerife, y al ser patrimonio de todos los tinerfeños, con ellos tenemos contraída perpetua deuda.

 

Jaime Massanet de Blanes Izquierdo