Pregón de la Semana Santa de La Laguna 2006

Domingo José Hernández Yanes

NOSTALGIAS DEL AYER

 

A ti levanto mis ojos, a ti que habitas y moras en los Cielos…

Saludo a las autoridades religiosas, civiles y militares, presidencia y comité ejecutivo de la Junta de Hermandades, Hermanos y Cofrades Mayores, Cofrades, señoras, señores.

     En esta ciudad de los conventos y de las huertas, en esta ciudad en la que la lluvia pule las piedras de sus blasones, en esta ciudad en la que en su entrada sur existe una cruz que por ella vela como un fantasma junto al camino, una cruz que representa su fe de siglos petrificada, como dijo el poeta don Manuel Verdugo en su soneto dedicado a San Cristóbal de la Laguna, en este Real Santuario del Santísimo Cristo junto al convento franciscano de San Miguel de las Victorias, se me invita por la Junta de Hermandades, Cofradías y Esclavitudes de esta arcaica ciudad como la denomino el vate don Francisco Izquierdo, a que pronuncie el Pregón de la Semana Santa que es, sin duda alguna, la Semana Santa por antonomasia de Canarias.

     Por supuesto, como decía don José Rodríguez Ramírez, que es la más relevante porque sus templos, sus procesiones, la Cruz de su madrugada, sus Pasos, su Cristo, son únicos, evocadores, hasta el punto de hundirse en el alma y de rasgar las íntimas vestiduras de la duda humana, para que, durante la celebración de la liturgia, penetre y se apodere de nuestro espíritu el amor por aquellos hechos que fueron reales, como reales son los que vivimos hoy; para que nos posea el Cristo que murió para salvarnos y mantener nuestra ilusión de eternidad en una espera sosegada; para ayudarnos a vivir y a soportar calvarios y amarguras, y para que sepamos moderarnos en los momentos en que el optimismo, la alegría, las pasiones nos desbordan o no ciegan.

     Semana Santa en La Laguna. Palmas, espinas, cruz, melancolía,… días de paz, días de meditación y de aprendizaje de vida, días en que todos los que llevamos nuestra cruz a cuestas nos sentimos confortados con el abrazo, con el amor, con el alivio que nos procura el Cristo que tan penosamente llevó la suya para trazarnos desde el Gólgota, con las siete palabras más sublimes, más universales, el camino que debemos recorrer, y cómo hacerlo. Para señalarnos bien claros, rectos y puros, los senderos por los que a diario tenemos que transitar, y el equilibrio para no caer.

     Les confieso que por mi parte fue y es un atrevimiento, una osadía la aceptación de tan honroso encargo, máxime cuando me han precedido pregoneros tan ilustres en el pasado lejano y en el ayer reciente como, entre otros, los profesores universitarios don Jesús Hernández Perera, don Sebastián de la Nuez Caballero, don Ángel Gutiérrez Navarro, actual Rector, don Leopoldo de la Rosa Olivera, doña Manuela Marrero-cronistas oficiales de la ciudad-; abogados como don José Antonio de la Torre Granados, don Jaime Manzanet de Blanes, médicos como don Enrique González, don Pedro Gutiérrez, escritores y periodistas como don Juan del Castillo, don José Rodríguez Ramírez, don Domingo García Barbuzano, don José Carlos Marrero, religiosos como mi compañero de clase en el colegio Nava el hermano Néstor Ferrera, el recordado y querido amigo Padre Arenas, Fray José Arenas Saban, anterior Prior Rector de este Real Santuario, sacerdotes como don Julián de Armas, don Daniel Padilla, el Sr.Obispo don Damián Iguacen; pero pregonar la Semana Santa, mi Semana Santa y, aquí, en el sitio y lugar por excelencia, en el Cristo, y junto a Él, era y es algo que me puede, a lo que no me puedo sustraer y que no puedo dejar pasar, por ello, que preocupado por la responsabilidad, humilde, sencilla y modestamente, lo acometo desde las vivencias de mi infancia y juventud, de ahí, su título… “Nostalgias y vivencias del ayer”, que quiere ser a lo largo de esta narración , por eso la conjugación de los verbos en pasado y presente , una semblanza actualizada de tiempos, ya algo lejanos, de los que pretendo rescatar la memoria, pequeño y merecidísimo homenaje, de muchas personas, sacerdotes, seglares, incluso familias y artesanos a quienes debemos lo que hoy es nuestra Semana Santa tal y como la vivimos y sentimos, su legado, su espiritualidad, su religiosidad, su recogimiento, su carácter austero, ese sello que le imprime y da su propia personalidad e idiosincrasia que la hace ser única respecto a las celebraciones de los mismos hechos y acontecimientos en otros puntos y partes de nuestra geografía insular y peninsular.

     Semana Santa que como pregonero os anuncio y a la que os invito a ver y sobre todo a participar asistiendo a sus cultos, viendo sus procesiones, visitando los Monumentos del Jueves, en esta ciudad abierta y hospitalaria Patrimonio de la Humanidad, sin referencias a los estilos escultóricos de las imágenes suficientemente datados en las publicaciones y programas editados.

     Un año más y sin embargo podemos pensar que la Semana Santa de La Laguna es eterna en el transcurso del tiempo. No es tan sólo el encapuchado, o capuchino, entrevisto al caer el sol; ni el agudo sonido de la trompeta ante el paso del Señor de la Columna; un pie desnudo junto al charco de agua fría; ni tampoco la multitud que va toda la noche acompañando desde San Francisco a Santa Clara, de Santa Clara a Santa Catalina, a Santo Domingo… la imagen tremendamente realista del Santísimo Cristo de La Laguna.

     Es algo también muy diferente. Así, otro año, va a pasar la Semana Santa ante tu alma y tus ojos, por estas calles que son esencialmente procesionales, rectas de corazón y de entrañas, en las que se puede ver hasta el lejano final, las cruces de plata y de madera y las filas de los penitentes que anuncian con su cortejo el de los Cristos y las Dolorosas.

     Se podría considerar que en este florecer de nuestras procesiones, en este ambiente lleno de sugerencias; de fe y de amor, de esperanza y amor, de caridad y amor, está, no sólo la esencia viva de nuestra religión ante el misterio del calvario, sino el aroma de los siglos, reverente ante la secreta palpitación de un anhelo.

     Lo de menos, con ser tanto y mucho, es la plata y el oro de los monumentos; la dulzura casi humana del rostro de la Dolorosa, en el que tiembla una lágrima, el triste rayo de sol por las vidrieras de las iglesias, el temblor de las velas innumerables, el lento y rendido marchitarse de las flores…

     Lo más es sentirnos identificados, personalizados en estas recordaciones; saber que, dentro de las iglesias, en las aceras, o en las filas de penitentes, estamos poniendo una señal muy alta en la conmemoración de un hecho ante el que nos hemos de humillar atónitos.

     Las calles son esos, estos, días peregrino y andariego museo donde se muestra el arte consumado y la piedad sincera de sus escultores de ayer y de hoy; donde la gubia de Antonio de Orbarán y Lázaro González acompañan al realismo tranquilo de José Rodríguez de la Oliva; donde lloran la Dolorosa de José Luján y derrama sus lágrimas la Magdalena de Fernando Estévez; donde el cruento suplicio de los azotes surcados en rojo sobre las espaldas genovesas del Cristo de la Columna va seguido de las espinas punzantes del Ecce Homo y las caídas penosas del Hombre Dios camino del Calvario; donde la amargura arrepentida que Estévez imprimió a la faz trasmudada de San Pedro arranca al Nazareno la suave mirada del perdón; donde cuelga de su cruz la anatomía gótica del Cristo de La Laguna, paternal protector de la vieja capital tinerfeña desde los albores de su historia centenaria; museo donde yace, en su urna-sarcófago de plata mandada construir por el corsario Amaro Pargo, el cuerpo yerto, inerte del Salvador.

     La platería presta al cortejo el brillo frío, señorial, de sus repujados, gloria y primor de los antiguos orfebres barrocos de la ciudad; pero no sólo las calles destellan con el metálico resplandor de la plata. También las capillas de los templos donde la piedad enjoya los monumentos eucarísticos que refulgen bajo el oro de los mudéjares artesonados orgullo de nuestra arquitectura. Síntesis de arte y de fe, la Semana Santa es la definición de un pueblo, el lagunero, que vive y experimenta anualmente su tradición y religiosidad más profunda junto al madero de la cruz.

     Trompetas, tambores, penitentes, plegarias, amor. Van a pasar de nuevo por las calles de la ciudad el Santísimo Cristo, la Dolorosa, los Apóstoles de la Cena y del Huerto de Getsemaní, el Señor de la Humildad y la Paciencia, San Pedro con sus Lágrimas, los Santos Varones,… los mismos que años anteriores. Pero… ¿iguales en su valoración divina y humana? ¿Habremos variado nosotros?. ¿Habremos cambiado?.

     Hay que hacer un pequeño examen de conciencia. Ver lo que la Semana Santa representa sobre todo para el alma, a la que clava en el imponente misterio de la redención. Pero también para la ciudad y para la cooperación individual y colectiva, ayudándonos a ser más justos, comprensivos y compasivos, lentos a la ira y prontos al perdón.

     Ahora bien, esa, aquella, esta Semana Santa que hoy vivimos, experimentamos y celebramos se la debemos a las generaciones pasadas, principal y fundamentalmente a las de las décadas de los ‘50, ‘60 y ‘70 que, como dije anteriormente, al principio, quiero como agradecimiento y reconocimiento rescatar de la memoria, resaltando, entre otros, y rogando sepan perdonarme las omisiones que, de seguro, tendré:

     Sacerdotes como el señor Obispo don Domingo Pérez Cáceres, el Deán de la Catedral don Hilario Fernández Mariño, los canónigos don Luís Van del Walle Carballo, don Carlos Delgado, don Ricardo Pereira, don Luís Reyes Pérez, don Bernabé González, don Leopoldo Morales de Armas, don Vicente Cruz Gil, don José Miguel Adán Rodríguez, don Pedro Juan García Hernández, párrocos como don José García Pérez , don Juan Méndez Hernández, don Onofre Díaz Delgado, y religiosos como los Padres Paúles en la Iglesia de San Agustín y el Hermano Ramón Padilla, en el Colegio Nava la Salle.

     Seglares como don José Tabares, don Francisco García Fajardo, familia Salazar, vinculados a la Hermandad de la Sangre. Don Agustín Santana, don José Manuel García Cabrera y don Mateo Arvelo, a la Flagelación. Don Juan y doña Lourdes García Pérez, don Pascual Pérez Garcia, don Alejandro Fuentes, don Orlando Febles, familias García Maury, Ascanio, Monteverde y Montemayor, a la Misericordia. Don Juan Marrero, don Domingo Bello, don Juan Trujillo Cruz, don Ramón Álvarez Colomer, familia Alvarez Falcon a la Esclavitud del Cristo. Don José Luís y doña Mª Asunción (Sisi) Álvarez Arvelo, don Santiago Galvan, don Ignacio Siverio, don José Manuel González González, don Carlos Piti, don Manuel R.Gonzalez Martín , familia Morín, al Nazareno-La Salle. Don Norberto González Abreu, don Manuel Dorta Hernández, don José Luís Rodríguez del Castillo, al Lignum Crucis. Don Eladio Pérez Delgado, don Vicente Alvarez Falcon, don Juan Marrero, don Ramón Colomer, don Bonfilio Marrero Salas, al Cristo de Burgos. Don Manuel Ramos, don Miguel Feria ,don Augusto Guerra , familia Fariña a la Unción y Mortaja. Don Eloy González Estévez y don Hercilio Padrón a la Hermandad del Rosario. Don Alfredo Afonso García, don José Ventura Martín Martín y don Juan Ríos Tejera, a las Caídas. Don Florencio y don Ricardo Hernández Afonso, don Marcos López Barreto y don Manuel Hernández García, a las Insignias de la Pasión. Don Enrique y don Álvaro González (familia González de la Paz), don Juan Luís Gil Rodríguez y don Álvaro Rivero Delgado a la Sentencia y Amargura. Don Rosendo Vigueras, don José Manuel Tejera, familia Díaz Herrera, a El Rescate. Don Andrés Pérez Galván, don Eduardo Delgado Expósito, don Cesar David Rodríguez Hernández , familia Ríos, a la Entrada en Jerusalén. Don Rafael Ramos Molina, don José Antonio Afonso del Castillo y don José Antonio Rodríguez Felipe, al Cristo del Calvario. Don Yaqui Romero, don Gaspar Ramón Suárez Hernández, a Nuestra Señora de los Dolores. Don Alejandro Marrero Ceballos, a Jesús ante Caifás. Don Roberto Martín Pérez y don Sergio Rodríguez Pérez, a la Santa Faz. Hermanos don Carlos y don Pedro Afonso Brito y don Mateo Arvelo, a la Sección Penitencial del Santísimo de la Catedral. Don Luís Melo Daitt, don Enrique Villamanzo de Armas y don Manuel Martín y don Jesús Miguel Pérez Barreto, al Amor Misericordioso. Don Luis Marrero, don Rafael Delgado , familias Calzadilla y Regalado, a la Oración del Huerto.

     Artesanos. Orfebres plateros como: Don Agustín Guerra Molina, don Ventura Alemán y don Juan Ángel García González. Bordadores como: Sor Nieves de Aranda, don Yaqui Romero, don Álvaro Rivero Delgado, cuyas obras y trabajo contemplamos en la huella que dejaron en los Pasos, Tronos, insignias, mantos o banderas de las distintas cofradías y, aprovechando la presencia de las primeras autoridades insulares y locales, permítanme sugerirles la creación a través de las respectivas Agencias de Promoción y Desarrollo Local, la puesta en marcha e implementación de Escuelas Talleres para que no se pierdan estos oficios de tanto arraigo en la ciudad.

     ¿Cómo era aquella Semana Santa? ¿Cómo es hoy?

     El Miércoles de Ceniza marcaba y establece hoy como ayer el arranque del tiempo de cuaresma, las iglesias y templos vestían y cubrían sus altares, para no distraer nuestra atención, con un velo negro dejándose, únicamente sin tapar, sólo los Cristos y las Vírgenes, y los sacerdotes cambiaban, como ahora, el verde de sus ornamentos por el morado propio de las celebraciones que se avecinaban; en el colegio, en su capilla o en la iglesia de San Agustín junto con los alumnos del Instituto Cabrera Pinto, se nos imponía la ceniza con la impresionante frase “Polvo eres…”, y a partir de ese momento vivíamos pendientes de los exámenes del segundo trimestre y de nuestro hábito y capirote; bajar el vuelto, conseguir otro si aquel no daba para más, comprobar el ancho o diámetro del capuchón, en fin, tener todo preparado y a punto para el día de nuestra procesión.

     Una Semana Santa en la que el Jueves era día de estreno, se estrenaba ropa y calzado ese día, el Corpus y el Cristo; recuerdo, no sé porqué, unos zapatos de charol negro, brillantes, duros, durísimos, quizás fuese por ello, seguro. Se visitaban los monumentos después de la Misa con el oficio del lavatorio, símbolo de servicio, humildad y hermandad, y en esa visita era frecuente coincidir en ese recorrido con el señor Obispo, revestido acompañado del Cabildo Catedral y las autoridades civiles (provinciales y locales) y militares; me parece aún todavía ver a los obispos don Domingo Pérez Cáceres y don Luís Franco Gascón rodeados de aquel séquito.

     Una Semana Santa en la que la música que se interpretaba por la radio, no había televisión, era sacra y religiosa y nuestras abuelas o madres si cantábamos alguna canción sin darnos cuenta, naturalmente, cariñosamente llamaban nuestra atención diciéndonos que no se podía cantar pues el Señor estaba muerto y, había que esperar a la noche del Sábado al Domingo de Resurrección, una de las noches en que los laguneros de mi edad podíamos trasnochar, las otras, las vísperas del Corpus y del Cristo, y el propio 14 de septiembre, día del Cristo con motivo de los fuegos; Semana Santa en que las procesiones del día se dividían en dos, unas por la tarde y otras por la noche.

     La entrada sur de la ciudad, la marca la Cruz de Piedra, su entrada norte el Calvario de San Lázaro, que se visitaba el viernes de Lázaro para preservarnos junto con San Roque (visita obligada en el mes de agosto) de las enfermedades ; la contemplación del Cristo y del Buen y Mal ladrón captaban y cautivaban nuestra infantil imaginación tratando de representar aquella escenificación.

     El domingo quinto de Cuaresma partía de la desaparecida por el fuego en el año 1964, Iglesia de San Agustín, el Cristo de Burgos con su Cofradía de la Virgen de la Cinta que se nutría principalmente de miembros de las cofradías de la Sangre y la Flagelación ya que, al tener el hábito de color negro, igual al de dichas Cofradías , la vestimenta les facilitaba su incorporación; la imagen destruida por el fuego, se ubicaba en una capilla del fondo de su nave lateral, salía en la tarde-noche y era la primera procesión con capuchinos, recuperada años más tarde gracias al celo y diligencia del sacerdote don Pedro Juan García Hernández y el buen hacer de su mayordomo y maestro de ceremonia don Bonfilio Marrero Salas. Con el tiempo, más adelante, comenzó a hacer su salida procesional a mediodía desde la iglesia de la Concepción, acompañado de su Cofradía Penitencial, el Cristo del Rescate, imagen de la que se cuenta que vendida para ser traslada a la vecina ciudad de Santa Cruz le susurró a una vecina de la Villa de Arriba “rescátame, rescátame”, quien, vendiendo sus propiedades, su casa, la adquirió anulando su venta, de ahí su nombre, Cristo del Rescate.

     Del lunes al viernes de Dolores tenían lugar los cultos propios, triduos, funciones solemnes de bendición e imposición de hábitos, via crucis, acrecentados en la actualidad con las Jornadas dias de cofradías, conciertos de marchas procesionales, audiciones de musica religiosa, exposiciones etc…, a los que se asistía en la medida en que la preparación de nuestros exámenes nos lo permitía, el viernes, ya comenzadas las vacaciones escolares, nos entregábamos y dedicábamos plenamente a ultimar los preparativos de los actos programados, ese día por la noche volvía a procesionar desde la iglesia de la Concepción la Cofradía del Rescate acompañando a otro de sus titulares “La Predilecta”, dolorosa debida a la gubia de Luján Pérez.

     A las 9,30 horas comenzaban los cultos del Domingo de Ramos con la bendición de los palmos y olivos y su procesión hasta la Catedral, tras la solemne función procesionaba a las 12 el Cristo Predicador, llamado también El Purificador, que iba acompañado por los alumnos del Taller Escuela Sindical de Artes y Oficios “San Alberto Magno”, este cristo iba sentado en un sillón que más tarde fue sustituido y cambiado por un borrico completando el paso un grupo de personajes compuesto por niños judios portando palmas y adultos arrojando sus túnicas y mantos a los pies del Señor; en la actualidad, sale a las 9,30 con la procesión de los palmitos, nombre con la que se le conoce o Entrada en Jerusalén, estando acompañada por el clero, autoridades locales, catequistas y su Cofradía de niños vestidos a la usanza hebrea. Por la tarde, salía y sale de la parroquia de San Juan el Cristo de las Caídas que en sus inicios procesionaba la tarde del Jueves Santo y, por la noche, en un principio desde las Claras y luego desde la Iglesia de la Concepción, el Señor de la Sentencia, paso al que más tarde se le agregó el de María Santísima de la Amargura. Ambas procesiones en la actualidad se unifican en la tarde del domingo estando acompañadas de sus respectivas cofradías con la novedad de que recientemente se ha comenzado a cargar el Señor de la Sentencia (Nuestro Padre Jesús de la Sentencia) en un intento por volver a recuperar, como se hacía muchísimos años, la tradición de cargar las imágenes, costumbre esta mantenida por la Cofradía de la Misericordia en la procesión del Silencio o Santo Entierro en la noche del Viernes Santo después de haber concluido la Procesión Magna.

     El lunes, era y es el día de las procesiones conventuales, salía por la tarde desde el Monasterio franciscano de las Claras la Oración del Huerto acompañada por la Venerable Orden Tercera y, desde hace pocos años, por su Cofradía Penitencial. Por la noche tocaba el turno a las Insignias de la Pasión desde el Convento dominico de las Madres Catalinas, Dolorosa de singularísima belleza que se procesiona por su Cofradía de hábito negro y ribetes morados, compuesta por un grupo muy heterogéneo de hombres que nos enseña y nos demuestra cómo se puede mejorar un paso sin desmerecer en nada la tradición de los orfebres y plateros laguneros del siglo XVIII. Desde el año 1994 las procesiones del lunes se han visto incrementadas con la incorporación desde la Catedral del Cristo del Amor Misericordioso al que da culto su Hermandad de “Servidores del Templo”, paso al que, en el año 2.000, se le autorizó la entronización de la Magdalena para poder procesionar el viernes en la Magna.

     Los cultos y las salidas procesionales del martes se reparten en el casco entre la Catedral y la iglesia de la Concepción y en La Cuesta entre las parroquias Nuestra Señora de la Paz y Nuestra Señora de Candelaria en los barrios de Arguijón y la Candelaria, respectivamente. Por la mañana en la Catedral se celebraba la Misa Crismal y Bendición de Óleos, función esta que, en alguna ocasión, se realizó la mañana del Jueves. Por la tarde salía desde la Iglesia de la Concepción Las Lágrimas de San Pedro, de gran predicamento y solemnidad, en la que era costumbre el acompañamiento del clero, comisiones de la curia contando las crónicas ver al Deán Ossuna y a los canónigos don Eutimio Rojas, don Manuel Pacheco, don Jacinto Caballero, don Bernabé González, don Carlos Delgado y don Juan Negrín, presidiendo el tradicional cortejo. Asistía también el Seminario Diocesano cantando el recurdatus est petrus y la Hermandad del Santísimo; hoy, perdida esta costumbre, le acompaña la Hermandad del Santísimo y la Cofradía del Rescate. Por la noche, el impresionante Cristo de la Columna, la Virgen de las Angustias cuyo manto se debe a Sor Nieves de Aranda y, desde hace algunos años, el Cristo de los Remedios, acompañados por su capitular cofradía de la Flagelación, cuyo cortejo lo abre una escuadra de soldados romanos con trompeta y tambores.

     En La Cuesta, arropada por su Hermandad, sale por la tarde desde el templo Nuestra Señora de la Paz, Nuestra Señora de los Dolores llevada sobre los hombros por sus propios costaleros y para la que, un penitente anónimo, compuso esta bella poesía:

 

Es de mi carne y mi mano

hacerle a Dios un sendero.

¿No me conoces Señora?

Soy yo, tu costalero.

¡Que me miren, Madre ahora

esos ojos que yo quiero!

Soy tu tiesto y tu florero

Tú arriba eres la flor

sobre mis hombros de acero

Tú llevas el salero

de tu manto triunfador.

Y la gente te aplaudía

la saeta te alababa

el piropo te encendía

y la noche te besaba

y yo abajo decía

por ella soy costalero

por ella porque la quiero

y todo el palio temblaba

del goce que voy sintiendo

y tu amor me bendecía

y tu pie me acariciaba.

Yo la tierra; Tú la flor

Por ella soy costalero.

Por ella porque la quiero.

 

     Tras el recorrido por su barrio de Arguijón, se dirige atravesando la Carretera General Santa Cruz-Laguna, al barrio de La Candelaria al encuentro del paso de Jesús Cautivo que, acompañado por su propia cofradía y cargado por los costaleros de la Macarena, ha salido de su parroquia Nuestra Señora de Candelaria, producida la emotiva reunión o encuentro la procesión discurre conjuntamente por dicho barrio hasta la entrada de este último en su templo parroquial, momento en el que se produce el retorno de la Virgen a su iglesia.

     En la mañana del miércoles, en la Iglesia de la Concepción, a las 8, se celebraba Misa Solemne y la ceremonia del Velo Blanco, “sonarán los tronadores, se oscurecerá el templo y el velo blanco se rasgará en dos”. Por la tarde, desde el Colegio Nava, nos dirigiamos hacia San Agustín para la procesión del Nazareno y Nuestra Señora de la Soledad, entrada la noche, y desde el mismo templo, comenzaba la procesión del Ecce Homo, acompañado por la muy antigua Hermandad de la Sangre, primera que procesionó en esta Ciudad, suntuosa y solemne procesión a la que abría paso una escuadra de soldados a caballo del Regimiento de Artillería Número 93, radicado en esta plaza que, al son de sus trompetas, anunciaban “he ahí el hombre”, todavía permanece en mi recuerdo el Sargento Baena al frente de la misma con los agudos sones de su trompeta y las chispas que las herraduras de los caballos arrancaban de los adoquines de las calles, años más tarde las celebraciones y procesiones de este día se aumentaron con la aportación que, desde la parroquia de San Benito, hizo a la Semana Santa la Villa de Arriba incorporando el paso y cofradía de la Verónica y la Santa Faz.

     El jueves, día del Amor Fraterno, a las 12 partía de la Catedral la Santa Cena acompañada por el clero y la Hermandad del Santísimo; por la tarde, después de la solemne celebración eucarística y ceremonia del Lavatorio, tras la visita a los Monumentos, ya de noche, desde la parroquia de Santo Domingo, en la Villa de Abajo, salían acompañados por su penitencial cofradía de la Misericordia, el Señor de la Humildad y Paciencia y Nuestra Señora de la Soledad con su sección penitencial de la Hermandad del Rosario, más tarde se unió a esta procesión la de los Santos Varones con su cofradía de la Unción y Mortaja que procesionaba el viernes a las 3 de la tarde y la Santa Cena con su sección penitencial de la hermandad del Santisimo que se incorporaba a su paso por la Catedral; culminan las procesiones de este día, desde la iglesia de San Lázaro el Cristo del Calvario con las imágenes del Cristo, el Buen y el Mal Ladrón, que sale a las 9,30 horas de la noche estando acompañado por su cofradía penitencial; originariamente desfilaba la mañana del Viernes agregándosele en su camino por la Concepción el Lignum Crucis y la Piedad.

     Para los laguneros el día más corto del año es el viernes, le faltan las horas, los minutos y diría que hasta los segundos. Comienza a las 3 de la madrugada en este Real Santuario con el inicio de la celebración de las Siete Palabras para, seguidamente, empezar la procesión de las procesiones laguneras “la de la madrugada”, el Cristo, la Dolorosa, San Juan y la Magdalena acompañados por la Pontificia, Real y Venerable Esclavitud.

     Citando a don Juan del Castillo, el Cristo es el gran protagonista de la madrugada desvelada del Viernes Santo, o mejor, simplemente, de la madrugada. Porque para los canarios, para los tinerfeños, para los laguneros, sólo hay una madrugada. Cristo milagroso, venerado, legendario, el Cristo interior de cada uno, al que nuestro pueblo le cuenta sus penas y desdichas en rezos y folias y al que don Adrián Alemán compuso y dedicó la poesía titulada “Estoy solo”, de la que extraigo los siguientes versos:

 

Señor, Estoy aquí

junto a tus pies en esta madrugada

porque me siento solo…

Porque Te sientes solo, estoy aquí

dispuesto a acompañarte,

…porque estás solo, Señor,

como estuviste un viernes milenario

en tu Gólgota gris

de rotos velos y lágrimas sin llanto,

de guardianes con lanzas,

de blasfemia, de hiel y de vinagre.

(…)

Cristo Sereno, Cristo de La Laguna.

Te cambiamos la plata por madera,

como hicieron contigo

del Domingo de Ramos

al viernes de tu muerte.

(…)

Nada vengo a pedirte, Señor.

Estoy aquí como todos los años

abrigando mi cuerpo en esta noche,

acompañando a Tu desnudo Cuerpo,

maltratado por mí,

por mí, sangrante,

y te pido perdón,

y te acompaño,

y rezo junto a Ti un Padrenuestro

Para aliviar mi pena…

 

    A las 4 de la madrugada, se han parado todos los relojes, cesa el murmullo y el silencio se convierte en oración. En la noche el Himno Nacional, el Cristo se recorta en los portales, la imagen no luce la cruz de plata de septiembre sino que se ha sustituido por un ascético madero penitente. La primera visita para las Hermanitas de los Pobres, los Esclavos, de treinta y tres se han convertido en centenares formando con sus cirios encendidos una fila larga y trepidante que apenas sacude el viento. La ciudad se despierta al redoble de los tambores en esta madrugada cargada de emociones y recuerdos a la que, el más insigne de los poetas laguneros, don Manuel Verdugo, dedicó la composición “Pasa el Mártir”:

 

“Procesión de madrugada…

¡Cómo brillan los luceros

que los ángeles encienden

por el Cristo lagunero!

Procesión de madrugada…

¡Con qué fervor y silencio

va la gente tras la efigie

del clavado Nazareno

entre filas de alumbrantes

que avanzan a paso lento!

No hay repiques ni cohetes;

no hay ni murmullos de rezos…

Cuando el Mártir moribundo

en el sagrado madero

pasa cual sacro fantasma

entrambos brazos abierto,

hasta calla, en homenaje,

el tenue rumor del viento;

tan sólo de los tambores

suena el redoble severo,

y acaso una marcha fúnebre

despierta dormidos ecos

que el suave ambiente saturan

de congoja y de misterio…

(…)”

 

     De las Claras a las Catalinas, de las Catalinas a Santo Domingo, cuando el cortejo llega al desfiladero de la Carrera, el pueblo entero camina tras su crucificado. Está amaneciendo y la mañana se empieza a hacer a salpicones de azul y blanco. A los sones de la marcha tradicional, de la opera Tosca, “El Adiós a la vida”, las altas palmeras y araucarias de la plaza de la Catedral, ponen sordina al eco lejano del sonido de las trompetas y los tambores con el que se ha anunciado la procesión y despertado la población, los hachones de los esclavos parpadean junto a la torre tronchada de la Concepcion y con la cera las calles se hacen sendas algodonadas para que las pisadas no despierten el lamento sonoro de las piedras.

     A las 11 de la mañana, hace un para de horas, que ha finalizado la procesión de madrugada; descalzos, anónimos, oculto su rostro bajo la capucha franciscana de su conventual hábito negro, en la mano un farol,… alguno lleva por el centro de la procesión una pesada y tosca cruz de madera arrastrando cadenas en sus pies, la Cofradía del Lignum Crucis y la Piedad, bajo el palio un trocito del madero santo en que Cristo fue crucificado; al mediodia los oficios propios , la Adoración de la Santa Cruz. Por la tarde, a las 4, salida del Santo Entierro, el Señor difunto, desde Santo Domingo a la Catedral, su escolta antes la Guardia Civil de gala, mosquetón a la funerala, hoy la Policía Local tambien de gala, no podia ser de otra manera, su Cofradía la de la Misericordia. A su llegada, la Procesión Magna, síntesis de las conmemoraciones de estos santos días, todos los pasos, todas las Cofradías y Hermandades unidos por una misma fe, un mismo espíritu, un mismo credo, el anonimato del hábito, el amor fraterno, el sentimiento eucarístico del día anterior.

     Y llega la noche, la de los Cofrades de la Misericordia, la otra de las procesiones laguneras por excelencia, la del Silencio, y aquí voy a tomar y hacer mías las palabras de mi hermano en tantas y tantas vivencias cofrades, don Juan Luís Maury, él, como no podía ser de otra manera, de casta e hidalguía le viene, es quien mejor, por vivirla y sentirla, la ha descrito, por ello callo y hago mías sus palabras:

     “Cuando la brillantez de la procesión Magna ha dejado en nuestro ánimo una solemne espiritualidad y mientras el ocaso lentamente va sumiendo a la ciudad en un recogido silencio, el silencio del Viernes Santo, las Cofradías más próximas a la Santa Iglesia Catedral, poco a poco se van acercando a ella y las más lejanas, con una premura que tiene algo de especial y de ilusión, acompañan a sus respectivos pasos hasta sus parroquias para, nada más hacerlo, regresar al centro.

     Y es que el largo-corto día aún no ha terminado; son, han sido muchas procesiones en él; la multitudinaria y sobrecogedora procesión de madrugada, donde “pasa el mártir…y hasta calla en homenaje el tenue rumor del viento”. La luminosa y respetuosa procesión del Lignum Crucis y la siempre importante procesión Magna.

     Pero el lógico cansancio físico se torna en fuerzas renovadas que ya habrá tiempo luego de descansar. Y es que falta el único colofón posible al momento: la procesión del Silencio.

     Después de que con una persistente tradición algunos fieles hayan recogido en un instante los tulipanes del Señor, la urna del señor difunto ya se encuentra trasladada a la parihuelas y en el centro del presbiterio rodeada de una devota multitud de fieles.

     Gradualmente va descendiendo el rumor en las naves del templo catedralicio para que, cuando el sacerdote haga prometer a los cofrades el silencio durante la procesión, ya no se vuelva a oír otro ruido que el de los pasos lentos y firmes de los nazarenos.

     Al toque de varas del maestro de ceremonia, la cofradía más joven inicia la marcha hacia la iglesia de Santo Domingo, y siguen tras ella, en corporación y por riguroso orden de antigüedad, las demás Cofradías.

     Todos, como un solo hombre, meditando con un emotivo y recogido silencio. En el recorrido la ciudad permanece oscura, los faroles de los penitentes dan luz a la marcha hacia el sepulcro, el rostro del Hombre –Dios aparece iluminado, es el centro de las miradas acuosas y de las almas emocionadas.

     El paso marcado de la Misericordia, acompañado con el apoyo de los regatones en el asfalto, así como el tintineo de las campanillas que anuncian la presencia de Dios que, aunque va muerto, incluso en ese momento, vive con fuerza en nuestros corazones.”

     Luego, concluida esta procesión, desde la iglesia de San Agustín, en un ambiente de gran recogimiento y meditación, la del Retiro discurriendo por las calles próximas a dicho templo.

     El sábado, la Vigilia Pascual; pero antes, desde la iglesia de Santo Domingo la procesión de la Soledad de María Santísima, la solemne vigilia, la más solemne de las celebraciones del año cristiano, esencia, ser y fuente de todas nuestras conmemoraciones, se rasgaban los velos negros que cubrían los altares de los templos, la luz, las flores, los himnos y los cánticos lo inundaban todo. Cesaban las matracas y resonaban los repiques alegres de las campanas anunciando: ¡Aleluya, Cristo ha resucitado, vive!

     En la catedral, el domingo a las 12, la solemne Misa Pontifical impartiendo el señor Obispo la Bendición Papal, a continuación procesión de Su Divina Majestad. Por la tarde y desde el año 2002, la Hermandad del Rosario procesiona, cargado a hombros por su sección de costaleros, el Cristo Resucitado, nueva procesión debida, fundamentalmente, al impulso y entusiasmo del párroco don Alejandro Hernández González, recientemente fallecido, y los cofrades don Luís González y don Jesús Gil García , digno colofón de las procesiones de nuestra semana mayor, de nuestra semana de pasión.

     Esta y mucho más, es nuestra Semana Santa, mi Semana Santa que anuncio y a la que os invito una vez más, en ella se han puesto , se ponen esfuerzos y sacrificios, sentimientos y vivencias; esperanzas, no se ha regateado ni escatimado nada para cada año poderla celebrar nuevamente manteniendo vivas nuestras tradiciones y costumbres que nos dejaron las generaciones pasadas a las que al principio de este pregón aludí y que nosotros debemos legar y traspasar a las próximas y venideras, ofreciéndoles valores y principios como la solidaridad, la tolerancia, la fraternidad, la comprensión y la compasión; el respeto y amor a nuestras tradiciones, a nuestras costumbres. Así aprenderán a amar y querer de dónde venimos y lo que fuimos, lo que somos y cómo somos; aprenderán a amar y querer nuestro patrimonio, en el año 1964 perdimos la iglesia de San Agustín, este año, lamentablemente, el Obispado, que debemos reconstruir entre todos ; así también aprenderán a amar y querer nuestras singularidades, esas que nos hacen ser distintos, únicos.

     Decía León Felipe que “para cada hombre o mujer tiene reservado un rayo de luz el sol y un camino virgen Dios” ellos, aquellas generaciones, recorrieron el suyo dejándonos su legado, su huella; nosotros estamos recorriendo el nuestro que debemos ofrecer a los que vienen detrás, ofrecer nunca imponer, pues las ideas, los valores, las creencias no pueden ser objeto de testamento: se ofrecen no se imponen.

     Y termino, “no tengáis miedo a abrir las puertas a Cristo”, fue un pensamiento y un mensaje reiterado del recordado Papa Juan Pablo II. En esta ciudad de calles viejas y rectas, de frondosas plazas desiertas por las que el viento murmura rancias consejas y tradiciones, que se duerme con el redoble de sus campanas y se despierta a los repiques con que se anuncian las procesiones, en esta ciudad que tiene una cruz vetusta justo a su entrada, símbolo enhiesto que es algo humano y algo divino, su propio emblema y su fe de siglos, esta Semana Santa, en este ambiente de recogimiento y espiritualidad, es un buen, quizás el mejor momento para ello, para abrir las puertas a Cristo porque como dice el cántico, su palabra nos da vida, su palabra es eterna , en ella esperaremos.

     El Pregón ha finalizado, el anuncio queda hecho, la invitación cursada. Queda dicho. Muchas gracias.

 

Domingo José Hernández Yanes