Pregón de la Semana Santa de La Laguna 2011

Ana María Oramas González-Moro

Quiero empezar agradeciendo al señor Obispo y a la Junta de Hermandades y Cofradías que hayan pensado en mí para este Pregón de Semana Santa; sin duda, uno de los mayores honores a los que puede aspirar una lagunera y un regalo más de los muchos que esta ciudad, generosa como ninguna otra, me ha dado a lo largo de los años.

Y para responder a esa generosidad, me gustaría empezar acordándome de todos aquellos que ya no nos pueden acompañar y que han puesto todo su trabajo al servicio de esta Semana Santa, una de las más singulares del Mundo, por cuanto que está inscrita, desde siglos atrás, en la tradición de la primera ciudad fundada para la Paz en Occidente, la única Patrimonio de la Humanidad de Canarias y la que sirviera como modelo para las primeras urbes de América.

Todas estas singularidades han hecho de la Semana Santa de La Laguna una cita especial y diferente, una manera totalmente distinta de llorar la muerte de Jesús y celebrar la dicha de su Resurrección.

Pero no quiero hoy extenderme en generalidades. Muchos y sabios pregoneros, expertos en diversas disciplinas, me han precedido, desde hace sesenta años, dando una lección magistral sobre la ciudad y su mayor cita religiosa. Políticos, hombres de fe, periodistas, historiadores, artistas…

Donde tanto y tan bueno se ha dicho, a mí me gustaría, en cambio, rememorar con ustedes el camino de mi Semana Santa, a través de mi experiencia, aún nítida y sentida, en aquellas procesiones y encuentros que más me tocaron el alma en la década en la que fui alcaldesa de La Laguna.

Procesiones que he escogido, queriéndolas como las quiero a todas, porque tienen un signo distintivo: están hechas del delicado tejido de los sentimientos. Y es que en ellas no hay público, la gente no contempla los pasos, sino que participa, acompaña con devoción a sus Santos y Vírgenes a los que se ha encomendado y les tiene promesa.

Quiero, por tanto, que me acompañen en este recorrido del corazón. Que a través de mis palabras se pueda trazar el camino que hice tantas veces, esa experiencia íntima que cada uno de ustedes vive de manera distinta y que nace del respeto, de la devoción y la fe, los más grandes valores que tiene este pueblo.

El primero de estos encuentros no está, sin embargo, estrictamente dentro de la Semana Santa, pero sí marca su inicio, de una manera definitiva y especial.

Es la procesión de San Lázaro, desconocida por muchos, que tiene lugar mañana, 8 de abril, quinto viernes de Cuaresma, y que encierra una simbología y una hondura difíciles de encontrar hoy en día, que se despliegan cuando avanza el Santo, acompañado por la Venerable Hermandad Sacramental de San Lázaro y la Cofradía Penitencial del Santísimo Cristo del Calvario y María Santísima de los Dolores.

La centenaria ermita que da nombre al pueblo, Bien de Interés Cultural, que en su momento se construyera junto a la Cruz Grande, en el camino de Tacoronte, y a un cuarto de legua de La Laguna primitiva, es el origen de esta devoción única.

Más tarde fue trasladada a la zona que ocupa hoy por el regidor Pedro de Vergara, que jugara un papel importante en la Conquista. Igual que le sucediera al Adelantado Fernández de Lugo, sin haber nacido en ella, en esta tierra abrió los ojos a la vida, y dejó a sus albaceas el encargo de que acabaran la ermita costeándola con sus bienes.

Pidió, también, que se dedicara a la advocación de San Lázaro, imagen que se venera en ella y que lo libró de la peste y otras enfermedades comunes de la época.

Ya ven que todo huele a historia y a leyenda en cada rincón de La Laguna y su Semana Santa no podía escapar a este influjo.

Vergara no contemplará jamás cómo los laguneros siguen fieles a sus deseos, pero la imagen de San Lázaro, respetada y querida, seguirá procesionando por su pueblo durante muchos más siglos.

Y vendrán más alcaldes y alcaldesas que espero sientan lo que yo he sentido acompañándola, sabiendo que con ella se abre un paréntesis en las fiestas populares del municipio y se da inicio a la Semana Santa más bonita de Canarias.

¡Cuántas promesas y cuánta devoción contenida que estalla esos días en cada rincón de los pueblos y barrios laguneros! En todos ellos me he sentido como en mi casa, puesto que mi casa son.

En el silencio de unos he meditado, en la alegría y el júbilo de otros he sido feliz… Y recuerdo, ahora, como otra parada en ese camino íntimo, la procesión del Encuentro de La Cuesta.

Este año no será la misma, porque nos falta el alma de don Onofre, siempre jovial, siempre entregado, que se ha ido silencioso y sin molestar, con la misma humildad que vivió siempre y por la que su municipio le honra y le recuerda.

El Encuentro del Martes Santo es la más bella manifestación del amor entre una madre y su hijo. En ella salen costaleros, que cargan las imágenes dolientes con un sacrificio y una entrega que emocionan.

La Virgen y su Hijo, no hay escena más trágica y más esperanzadora que esa unión de ambas figuras. Todo transcurre allí en un ambiente de júbilo, se canta, se baila a la virgen, alumbrada en su belleza doliente por los cirios, en la Plaza del Barrio de la Candelaria, y sucede con un respeto y una devoción difíciles de describir si no se han vivido.

Y ese respeto y esa devoción son las que guardan, como valiosos tesoros, la Hermandad del Cristo Cautivo ante Caifás, con el Hermano Mayor, José Barroso, el capataz, Paco Cortés y todos los costaleros; y la Hermandad de María Santísima de los Dolores, con Magarita, ‘Ita’ al frente y Gaspar y Conchy como dos de los puntales que sostienen el día a día para que, llegada esta cita, todo transcurra como siempre.

“Quería la Virgen abrazarlo”, como dice san Anselmo, “pero los esbirros la rechazan, injuriándola, y empujan hacia adelante al adorado Señor; y María lo sigue de cerca. Virgen santa, ¿a dónde vas? ¿Al Calvario? ¿Te atreverás a ver colgado de la cruz al que es tu vida?”

Qué mayor prueba de amor que esta que revivimos cada año en el Encuentro…

Y llega el viernes. Y la Madrugada. La Madrugada con mayúsculas porque no existe otra más especial y esperada en La Laguna.

Vivir sus más de cinco horas de recorrido es reconfortante y emotivo, a pesar del frío que cala los huesos y de la emoción, que sobrecoge. La noche lagunera, profunda y llena de misterios y secretos. La gente, respetuosa y emocionada. Las Hermandades y Cofradías. Las bandas de música. Y, por encima de todo, Él. El Hijo del Hombre, el Cristo de La Laguna moreno y con el dolor de los siglos impreso en el rostro, que siempre conmueve, aunque lo hayas visto mil veces, cuando sale escoltado por los miembros de su centenaria Esclavitud, fieles guardianes de la imagen.

A él me encomendé cuando llegué y salí de cada mandato. Y a él sigo encomendándome cada día, para que la ciudad que todo me lo ha dado siga transitando por la estela que trazamos hace más de cinco siglos.

Cuando el Cristo abandona su Santuario de San Miguel de las Victorias para iniciar la procesión más vibrante de cuantas se conocen, sus ojos no necesitan la luz del día, porque se ven alumbrados por los cientos de cirios que portan los devotos que le tienen promesa.

Tan impactante es ese momento, que ha quedado reflejado para la posteridad en los versos magistrales de Pasa el mártir, de Manuel Verdugo, que supo capturarlo, elevándolo a rango divino:

 

Procesión de madrugada…

¡Con fervor y con silencio

va la gente tras la efigie

del clavado Nazareno

entre filas de alumbrantes

que avanzan a paso lento!

 

Con esa luz, velada y tenue, parece el Crucificado aún más doliente y cada elemento –las plegarias susurradas, los rostros conmovidos, el sonar de los tambores— contribuye a subrayar el paso de la procesión por las calles que pisaran nuestros antepasados y que pisan hoy nuestros hijos.

La calle Viana es un río de gente que acompaña al Crucificado, no queriéndolo dejar solo ni un segundo en su dolor.

Cada entrada a los templos es un nuevo motivo para sobrecogerse, cuando el Cristo avanza y traspasa, rozándolos, los umbrales de las iglesias conventuales de las Claras y las Catalinas, donde se escucha el bello canto de las monjas, mujeres encomendadas a Dios que ponen, esa noche, el alma en cada nota…

Durante el recorrido, rompen el aire las malagueñas, espontáneas, dulces, tristes y mansas, que hacen de la emoción un sentimiento compartido. En estos momentos, sin duda, me he sentido más cerca que nunca de mis conciudadanos. Juntos hemos hecho la procesión y juntos hemos rezado al Cristo, imponente en su dolor, cuando avanza por la calle Carrera hasta llegar al colegio de los Hermanos de La Salle y comienza a sonar, grave y sentido, en los instrumentos de la Banda de La Laguna el Adiós a la vida, esa emotiva adaptación del aria de Tosca, de Puccini, E lucevan la stelle…

Y llegar a la Catedral, compartiendo con la gente el recorrido último, ya con las primeras luces del alba, se convierte en una experiencia que te llena de paz interior y de amor por tu pueblo: mayores, niños, enfermos que han sanado, los esclavos del Cristo, garantes de la fe que esta ciudad, única entre sus hermanas, le profesa al Crucificado desde que un día, hace siglos, atravesara el mar para cumplir su destino y quedarse entre nosotros.

Después, la procesión Magna. Esta sí es para contemplarla en todo su esplendor. Sus pasos, de una belleza inaudita, son tesoros patrimoniales cuyo valor trasciende lo material, porque están profundamente imbricados en el sentimiento lagunero.

Sin embargo, traigo aquí su recuerdo porque tiene un significado muy especial para mí, por motivos personales. Han sido, precisamente, mujeres de mi familia, desde que mi tía abuela Dolores comenzara la tradición, hace un siglo, quienes se han encargado de arreglar el trono de las Lágrimas de San Pedro, en La Concepción, cuya escultura es obra de Fernando Estévez. Lo adornó, también, mi abuela, y luego mi madre, mis tías y primas. Y ese sentimiento especial que mueve en mí toda la Semana Santa se hace aquí más intenso aún, por los buenos recuerdos que me despierta.

Luego, ya de noche, se hace el Silencio. Un silencio que se oye, que se corta, que se huele y que impregna la ropa. Un silencio que multiplica y amplifica los sentimientos, que deja las emociones a flor de piel.

Esta es una estampa nueva y asombrosa. Aquí no hay música, no hay luz. No hay más que un enorme respeto, un recogimiento extremo y algún suspiro que nace de la impresión que causa la belleza de lo que se contempla: una Procesión en la que el Santísimo Cristo Difunto no tiene rezos, ni llantos. Pero está acompañado por todas las Hermandades y Cofradías Penitenciales que le rinden tributo al Hijo de Dios, y también al hombre que murió defendiendo unos ideales, unos valores fundados en la solidaridad, en la compasión, en el amor fraternal, en todas esas virtudes que esta noble ciudad encarna, mantiene y difunde. Cuando sale de Santo Domingo y suena la ronca matraca es difícil contener la emoción.

Emoción. Soy consciente de que esta es la palabra que más se repite en este pregón y en esta Semana Santa cuya semilla trajeron los Conquistadores de tierras castellanas a finales del siglo XV, pero que, aquí trasplantada, floreció como ninguna otra. Comenzaba a extenderse en esa época la devoción al dolor de Cristo y su Madre y un siglo después, a finales del XVI, se transformó esa devoción en homenaje, en procesión que los días de Pasión transitaba por estas mismas calles que hoy pisamos.

Estas calles cinco veces centenarias que han acogido a invitados ilustres de esta Semana Santa, para hacerlos protagonistas de sus actos más destacados y predecesores como pregoneros. Es un orgullo para esta ciudad haber contado con su presencia y con la de muchos otros que no han hecho más que enriquecer esta fiesta de la Resurrección, que tan adentro llevamos.

Gente que ha pasado y gente que vino para quedarse, como el padre José Arenas, amigo querido, que impulsó el Santuario del Cristo mientras estuvo en él como Superior Rector y entendió la importancia que la figura del Crucificado tiene en nuestra memoria colectiva.

Con su trabajo y su carácter abierto y afable conectó de nuevo al templo franciscano con la ciudad, lo que supuso un nuevo resurgir de la Pontificia, Real y Venerable Esclavitud del Santísimo Cristo de La Laguna, cuya historia se cuenta por siglos.

Pepe Arenas nos dio muchas lecciones de espiritualidad, humanidad y cercanía y aunque ya no viva aquí, aquí se encuentra cada Semana Santa, a la que ha aportado, entre otras muchas cosas un Pregón brillantísimo que aún recordamos.

O como Daniel Padilla, también pregonero de la Semana Santa, que tantos detalles de amistad y de lealtad tuvo conmigo, cuando ostentaba cargos de responsabilidad en la Junta de Hermandades y Cofradías.

Precisamente me gustaría expresar unas palabras de agradecimiento a todos los presidentes de esta honorable Institución, que mantiene viva la llama de la fe y la renueva y la hace más fuerte. Permítanme nombrar, especialmente, a aquellos con los que compartí mis diez años como alcaldesa: Alberto Jorge de la Rosa, Domingo Hernández Yanes, Juan Antonio Pérez Gómez y Pedro Gutiérrez Hernández, con quienes siempre tuve una maravillosa relación. A este último le debo, además, el testimonio de su lealtad cuando fue preciso demostrarla.

Hoy, estoy orgullosa de decir que la preside una mujer, María del Mar Cabrera Carballo, haciendo historia en esta ciudad singular. Enhorabuena.

La Semana Santa la siento llena de milagros pequeñitos, pero que para mí han sido auténticas revelaciones. Déjenme que les cuente la que más me ha impactado. Una vez, un hombre religioso, muy importante, me pidió una reunión los días previos a estas fechas. Quería verme y tenía que ser en ese momento. En ese encuentro me dijo que me guardaba rencor –algo que yo desconocía—y que sin pedirme perdón y pedírselo a Dios no podía celebrar la Semana Santa. Jamás revelaré los detalles de esa conversación, pero puedo decirles que es una de las más hermosas lecciones que he aprendido en la vida.

La Semana Santa como penitencia, como acto de generosidad y de contrición.

Muchos son los recuerdos que me emocionan cuando, a solas, los rememoro.

Pero, sin duda, de todos y cada uno de los episodios, de los avatares que he vivido, me quedo con la riqueza humana. Con la gente asomada, viendo pasar las bellas tallas. Abarrotadas las ventanas de devotos, de enfermos, de creyentes… De amigos que ya no están, y a los que adivinaba y saludaba en los balcones al paso de la procesión: Paqui Pérez, arropada por los Aledo; Adrián Alemán, al que tanto echo de menos, con su familia; el doctor Escolástico Aguiar Soto; doña Pilar Pérez-Cruz, viuda de Gutiérrez de Salamanca… A todos los recuerdo y, aún cuando ya no estaban, se me iban los ojos a sus balcones, queriendo encontrar su saludo emocionado.

Me quedo, como digo, con la pasión, la sencillez, el respeto y el sentido común de los laguneros, con los que he vivido penas y alegrías. Con los que me he hecho mejor persona. Haber sido alcaldesa de La Laguna me ha acercado al corazón de la gente, que generosamente, me lo ha abierto haciéndome notar su cercanía y su calor. Por eso le doy el valor que tiene.

Permítanme, por tanto, que lo agradezca. Que les diga que nunca he sido más feliz que compartiendo buenos y malos momentos con ustedes. Buenos y malos momentos que hemos vivido de la mano, como el comienzo de las tan ansiadas obras de La Catedral, por la que luchamos juntos y cuya conclusión elevo como un deseo que se cumpla para que la Semana Santa lagunera vuelva a estar completa.

Hoy, de nuevo, me dan la oportunidad de acercarme y de sentir ese calor que siempre me han transmitido. Y estoy feliz de que sea aquí y ahora. En esta Semana Santa sobria y contenida, como nosotros, que solo estallamos de júbilo y de alivio el domingo de Resurrección, cuando termina el sufrimiento y todo vuelve a ser como era.

El milagro de la vida eterna que, una vez más, sucede en La Laguna.

Ana María Oramas González-Moro