Apuntes sobre los inicios de la Semana Santa de La Laguna


Mediado el siglo XVII el lagunero Juan Núñez de la Peña dio a la imprenta su manuscri­to sobre la Conquista y Antigüedades de las siete islas de la Gran Canaria, editado en Madrid en 1676[1]. Esta obra recoge por primera vez una relación de las procesiones que durante la Semana Santa recorrían las calles de La Laguna y, por consiguiente, de las cofradías que las organizaban y costeaban. Ya entonces existían dudas y sombras sobre la antigüedad de algunas imágenes y celebraciones de la Ciudad, fijándose una versión sobre su historia que, al margen de su verosimilitud, se ha mantenido hasta nuestros días. A principios del siglo XVII el padre Quirós había publicado su libro sobre el Cristo del convento franciscano, base bibliográfica en la que se apoya la leyenda sobre su origen y su supuesta llegada por mediación del Adelantado. Esta piadosa creencia -una vez contrastada con los datos históricos que al presente poseemos- ha de ponerse en entre­dicho pues la primera noticia cierta sobre el culto a la imagen del Señor de La Laguna se retrasa hasta 1576[2]. La investigación sobre éste y otros temas está por lo tanto abierta y cualquier intento de aproximación que pretenda ser riguroso requiere como premisa el someter a un nuevo juicio los relatos tradicionales.

Hecha esta precisión, debe destacarse que el conocimiento que sobre la Semana Santa de La Laguna se tenía al comenzar el siglo XX ha ido nutriéndose de forma paulatina con las aportacio­nes realizadas por diversos investigadores (José Rodríguez Moure, Miguel Tarquis, Alejandro Cioranescu, etc.) En los últimos años se ha revitalizado esta línea, si bien es mucho lo que queda aún por contrastar, investigar y precisar. La revisión histórica se presenta por lo tanto como la única alternativa conducente a precisar el verdadero origen de las celebraciones procesionales de la Semana Santa de La Laguna y su proceso de evolución. Partiendo de aquella versión tradicional y valiéndonos de los trabajos publicados por otros autores y por nuestras propias investigaciones, podemos apuntar ahora ciertas consideraciones sobre la génesis de la Semana Santa en la Ciudad, verdadera raíz de una costumbre cuyo arraigo es innegable, como es asimismo realidad demostrada que la asociación de los fieles en cofradías y hermandades les ha servido para mantener, acrecen­tar y difundir la fe. Una misión que, no dudamos, pueden seguir cumpliendo en la actualidad, lo que no implica que este movimiento devocional quede al margen de la continua renovación y revisión que el credo cristiano exige a todos quienes lo profesan. Las propias cofradías penitenciales sur­gieron como producto de un movimiento renovador en las postrimerías de la Edad Media y expe­rimentaron, durante el Antiguo Régimen, modificaciones en función de las corrientes devocionales que sucesivamente se iban imponiendo. Han sido, por lo tanto, expresión de la espiritualidad de su tiempo y como tal deben ser analizadas. Pero el estudio de este tipo de asociaciones no puede sus­traerse a otras consideraciones, pues las cofradías fueron en muchos casos ámbitos de liderazgo de determinados grupos o linajes, agrupaciones de raíz gremial o étnica, etc. Han sido, además, moti­vo de frecuentes enfrentamientos entre sus integrantes y la jerarquía eclesiástica, con la que ha mantenido una, no siempre, latente tensión a lo largo de la historia.

La conmemoración litúrgica de la Pasión y Muerte de Jesús en La Laguna debió comenzar con el asentamiento castellano a finales del siglo XV, momento que coincide con una potenciación de la devoción al dolor de Cristo y su Madre. Más difícil es precisar cuándo comenzaron las exteriori­zaciones organizadas de este culto: las procesiones. Las informaciones bibliográficas y documenta­les de las que disponemos en la actualidad nos llevan a sostener la antigüedad de la Cofradía de la Sangre, cuya procesión penitencial del Jueves Santo sería hasta finales del siglo XVI la única, de ese tipo que recorría las calles de La Laguna en los días de Pasión. Por este motivo nos detenemos seguidamente en la historia de los primeros años de esta Cofradía que son, también, los primeros años de la Semana Santa de nuestra Ciudad.

LA ANTIGUA COFRADÍA DE LA SANGRE[3]

La Cofradía de la Sangre de Cristo, establecida en el convento agustino, debe considerarse como la más antigua de las penitenciales existentes en La Laguna. Tradicionalmente se ha sostenido que fue fundada por el Adelantado Don Alonso Fernández de Lugo y otros conquistadores al finalizar la sumi­sión de la Isla. Sin embargo, y como ya hemos apuntado, consideramos que el origen debe datarse en 1513, cuando el molinero portugués Alonso Báez concertó con la comunidad agustina de La Laguna la celebración de unas misas a la Sangre de Cristo. En esta escritura se alude como cofradía al grupo que, asistiendo cada viernes a estos oficios, disfrutaría de las gracias e indulgencias concedidas por los agus­tinos. La incipiente Cofradía de la Sangre surgió, por lo tanto, íntimamente ligada a la Orden de ermi­taños cuyos miembros en La Laguna se convirtieron desde sus inicios en sus rectores espirituales.

En julio de 1514 tenemos constancia documental de la existencia de la Cofradía de la Sangre, así denominada, apenas medio año después de su probable institución capitaneada por Báez. Cabe suponer que en el estrecho margen comprendido entre diciembre de 1513 y julio de 1514, la asociación organi­zada por el portugués había pasado a ser una cofradía, en el sentido más usual del término. Este pro­ceso por el que un grupo espontáneo de fieles se transforma en cofradía -con el carácter que hoy le aplicamos- fue común en el periodo previo al Concilio de Trento debiendo considerarse fruto, a jui­cio del profesor Sánchez Herrero, de la corriente europea cristológica y penitencial, de la corriente eras­mista, de la corriente renovadora que centraba su fuerza en la contemplación y vivencia del Misterio de Cristo, del Misterio de la Cruz[4]. No seria así extraño, que el grupo devocional nacido de la dotación de Alonso Báez a honor y reverencia de la Sangre de Cristo, hubiese seguido este proceso.

Posteriormente, la Cofradía de la Sangre añadió a sus funciones iniciales (culto y acompaña­miento de entierros) una nueva, por la que podemos considerarla penitencial. La incorporación de una imagen de Cristo crucificado como titular de la corporación, debe entenderse como parte de esta renovación que tuvo, en la procesión de disciplinantes del Jueves Santo, su manifestación más destacada. Junto a ésto, la redacción de reglas. Ambos elementos demuestran que la Cofradía lagunera participó de un proceso que supera lo insular, vinculándolo a lo experimentado en otros luga­res del ámbito hispano, siendo funda­mental la referencia del modelo sevi­llano. Sabemos que en la década de los años setenta del siglo XVI la Cofradía se regía por unas constituciones o reglas [a] semejança de otra tal cofra­día como ésta questá en Sevilla en el monasterio de Señor Santo Agustín. Identificamos estas constituciones con las redactadas por la cofradía hispa­lense en la primera mitad del siglo XVI, constando ya su existencia en 1527. La referencia de las reglas sevi­llanas indica, por una parte, la impor­tancia del modelo andaluz en las cele­braciones propias de la Cofradía. Pero sobre todo dejan clara su vinculación con la piedad agustina, especialmente con el movimiento devocional fomen­tado por la Orden en torno a las efi­gies de Cristo crucificado que siguen el modelo del conocido Cristo de Burgos, entonces custodiado en su convento de dicha ciudad. Esta parti­cular devoción debió llegar a Canarias desde Andalucía, donde, asentados los agustinos tras la reconquista, ya se había difundido considerablemente. La constatación de que las reglas de la hermandad sevillana sirvieron de modelo a las tinerfeñas nos permite, además, realizar una serie de conside­raciones.

El primer titular de la Cofradía de la Sangre de La Laguna fue, como hemos referido, un Crucificado. El primer dato sobre esta efigie data de 1532, año en que procesionó a instancias del Cabildo de la Isla para celebrar la victoria del emperador sobre los turcos en la ciudad de Viena[5]. Esta circunstancia invita a adelantar algún tiempo su presencia, el suficiente para que floreciera la devoción a la imagen y determinara su participación en la solemnidad. Con este Crucifijo salió en procesión cada Jueves Santo por la noche la Cofradía de la Sangre. Desde finales del siglo XVI hemos constatado la intención de los cofrades de adquirir una nueva talla, comisionándose al her­mano Pedro de Castro Navarro su adquisición en Sevilla[6]. Sin embargo, el nuevo titular, un Ecce Homo, llegó al convento a principios del siglo XVII como producto de la donación de otro cofrade, La atribución de esta imagen -el desaparecido Señor de la Cañita- a José Rodríguez de la Oliva debe, por lo tanto, descartarse. Pero aún desconocemos si la talla fue realizada en las Islas, donde artífices como Rui Díaz o Cristóbal Ramírez laboraron con cierto éxito, o si fue adquirida en la península, en cuyo caso la ciudad de Sevilla se presenta por varios motivos como la procedencia más factible. Pasado el tiempo, el Ecce Homo sustituyó en la salida procesional al primitivo Crucifijo, pues éste se mantuvo en poder de la corporación hasta mediados del siglo XVII[7].

En virtud de su establecimiento en el convento agustino de la Ciudad y, sobre todo, sabiendo que se tomó como modelo la Cofradía sevillana, suponemos que la primera imagen debió ser, ico­nográfica y formalmente, similar a los crucifijos derivados del modelo burgalés, como ocurría con el Cristo de San Agustín hispalense. En cuanto a la advocación, la diversidad de apelativos aplica­dos al sevillano, se corresponde con lo sucedido en Tenerife, donde se nombró indistintamente al Crucificado como Cristo de la Sangre o de San Agustín. Debemos considerar en este sentido que las reglas sevillanas que sirvieron de modelo a las de La Laguna destacan entre sus fines la honra y gloria de Cristo Nuestro Señor Crucificado y de la preciosa sangre que por redimirnos derramó en el árbol de la Cruz. Un nuevo paralelismo que confirma los estrechos vínculos existentes entre ambas cofradías, a la vez que sugiere otros aún ocultos. Cuando a partir de 1680 la Cofradía de la Cinta de La Laguna decidió participar en las procesiones de Semana Santa, lo hizo con una talla de Cristo crucificado titulado de Burgos. La efigie, realizada por el imaginero de Güímar Lázaro González de Ocampo y lamentablemente desaparecida en 1964, seguía no sólo en el nombre el modelo del Crucifijo burgalés. Era, como los Crucificados de San Agustín de Sevilla y Granada, como el Cristo de Burgos de Sevilla y, según suponemos, como el primitivo Cristo de San Agustín de La Laguna, una vera efigie escultórica de la imagen venerada en el convento agustino de Burgos, Entendemos que la Cofradía de la Cinta, propia de la Orden, escogió esta advocación con su carac­terística iconografía por el peso devocional que tenia para ellos. La afortunada elección recuperó para la Ciudad una iconografía perdida, consiguiendo que perdurara hasta nuestros días a pesar de la pérdida de la imagen tallada por González de Ocampo.

La condición penitencial y “de sangre” de la procesión de esta Cofradía está suficientemente avalada por la documentación. Así, sabemos que el cortejo partía del convento agustino a las ocho de la noche por ser la propia hora en que Nuestro Señor empezó a derramar sangre, y que en él participaban los hermanos con sus túnicas blancas con hachas e belas encendidas y otros con disci­plinas y otros géneros de penitensia y es tenida y abida por una de las prosesiones solenes y de gran debosión que se haze en estas yslas de Canaria. Tomaba parte también el Ayuntamiento de la Isla, cuya sede estaba en la Ciudad, los frailes agustinos y el clero de la parroquia de la Concepción; las noticias documentales de la época señalan asimismo que acompañaban la mayor parte de los veci­nos de La Laguna y otros que bienen de los lugares del contorno della. El objeto de la procesión era visitar todas las iglesias de la Ciudad, recorrido que solía tardar tres horas en hacerse. Además del Crucificado, los cofrades sacaban a la calle una imagen de su bendita Madre así como las insig­nias de la Pasión, inicialmente portadas por doce vecinos y, desde los últimos años del siglo XVI, con las efigies de los doce apóstoles a cada uno de los cuales pertenecía uno de estos símbolos.

La procesión de la Cofradía de la Sangre fue muy posiblemente la única de ese tipo celebrada durante la Semana Santa en La Laguna a lo largo de la mayor parte del Quinientos hasta que a fines de la centuria comenzó la participación de las imágenes del Santo Cristo (desde el convento franciscano) y Nuestra Señora de la Soledad (desde el convento de Santo Domingo). Nos parece ahora oportuno destacar la preferencia de los cofrades por establecerse en recintos conventuales frente a los templos parroquiales, lo que debe entenderse como prueba de la sintonía existente entre los fíeles y el clero regular (los frailes) más que con el clero secular o diocesano. El caso de La Laguna es revelador, pues la participación parroquial con pasos procesionales en la Semana Santa se retrasó hasta 1644, con la procesión de Las Lágrimas de San Pedro, que salía de la Concepción. Veinte años más tarde se sumaba la Hermandad del Santísimo de la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios, que comenzó a sacar a la calle el paso de la Santa Cena; sobre 1672 la Hermandad de Nuestra Señora del Carmen se incorporó a los desfiles con el Señor Predicador. Una mirada sobre el panorama procesional recogido por Núñez de la Peña en 1676 confirma esta impresión.

 

Procesiones desde conventos:

Procesión Día de salida Sede
Humildad y Paciencia Lunes Santo Santo Domingo
Oración del Huerto Lunes Santo (tarde) San Francisco
Jesús Nazareno Miércoles Santo (tarde) San Agustín
Ecce Homo (la Sangre) Jueves Santo San Agustín
Cristo de La Laguna Viernes Santo (mañana) San Francisco
Santo Entierro Viernes Santo (tarde) Santo Domingo
Soledad (Retiro) Viernes Santo (tarde) San Agustín

 

Procesiones desde parroquias:

Procesión Día de salida Sede
Señor Predicador Domingo de Ramos (tarde) Los Remedios
Lágrimas de San Pedro Martes Santo (tarde) La Concepción
Santa Cena Jueves Santo (noche) Los Remedios

 

La actual Hermandad de la Sangre de Cristo y de la Santa Cruz fue fundada en 1950, cum­pliéndose ahora cincuenta años de su primera salida procesional en la Semana Santa de 1951.

En la actualidad, la cofradía de la Sangre, que procesiona el Miércoles Santo, viste capa roja, túnica, capuchón de color negro y a la cintura un cíngulo rojo. En su pecho llevan una cruz de Malta rodeada de una corona de espinas y una caña como símbolo de su titular.

 


[1] Juan NÚÑEZ DE LA PEÑA, Conquista y antigüedades de las islas de la Gran Canaria y su descripción. Ed. original. Madrid. Imprenta Real, 1676.

[2] Véase el trabajo de Lorenzo SANTANA RODRÍGUEZ, “El origen del Santísimo Cristo de La Laguna y de su devoción”. en Programa de las Fiestas del Cristo de La Laguna. La Laguna, 2000.

[3] Para la redacción de este apartarlo nos hemos basado en nuestro artículo “Sevilla y Canarias a través de las Hermandades. La Cofradía del Cristo de San Agustín y su influencia en Tenerife”, publicado en el número 492 del Boletín de las Cofradías de Sevilla (año 2000).

[4] José SÁNCHEZ HERRERO, “Las cofradías de Semana Santa de Sevilla durante la modernidad. Siglos XV a XVII”, Las cofradías de Sevilla  es la modernidad. Sevilla, 1991, p. 96.

[5] “Acuerdos del Cabildo de Tenerife”, Fontes Rerum canariarum, 26, vol. V, p. 382.

[6] Carlos RODRÍGUEZ MORALES, “Arte y comercio sevillano en La Laguna (1575-1635)”, en Actas del XIV Coloquio de Historia Canario Americana. Las Palmas, 2000 [en prensa]

[7] Dato obtenido por el autor para la realización de su Tesis Doctoral.