Semana Santa en la capital de la Diócesis

El Día

San Cristóbal de La Laguna, geográficamente situada en una altiplanicie de la Isla Nivaria, es cumbre del pensamiento, cabeza espiritual de la Región y orientación ejemplar de las almas en su místico ascender hasta el Trono y el Corazón de Dios.

Por ello la Semana Santa lagunera tiene rango único, dentro de nuestra Diócesis, desde el punto de vista de la solemnidad litúrgica y de la suntuosidad de las ceremonias catedralicias. El solemne Pontifical de la Consagración de los Santos Óleos, el Lavatorio de los pies a los pobres del Asilo, parte integrante de la función litúrgica del Rito reformado de la “Misa in Coena Domini”, la Adoración de la Santa Cruz resultan actos conmovedores, impresionantes, de inolvidable recuerdo; penetran hasta lo más profundo del alma, porque esos augustos ritos impresionan al hombre interesado, por entero, su capacidad de admiración, sentidos, imaginación y espíritu. La riqueza deslumbrante de los Sagrados Ornamentos, la fuerza expresiva de la Música coral (bendita Schola Cantorum del Seminario, ¡cuántas almas has llevado a Dios!), el patetismo de las escenas de la Pasión del Señor y la causa última de este Drama Divino, nuestra injusticia, nuestra necedad, nuestra ingratitud, nuestra locura de una parte y el Amor y la Misericordia de Dios de otra, transportan al hombre a un mundo superior donde florece el lirio morado de la contricción que purifica y la rosa bermeja del Amor que transforma.

Desde otro ángulo de contemplación ponderativa, su aspecto social, la Semana Santa lagunera tiene toda la profundidad insondable y el impulso sublime propio de los sentimientos religiosos de un pueblo dotado de sentido místico y de temperamento de artista; de un pueblo que adora al Dios escondido, prestigiendo su homenaje con el fulgentísimo esplendor de la belleza de sus artísticos Monumentos de Jueves Santo; de un pueblo que reza y se macera con la austeridad y recogimiento de un anacoreta, en la madrugada del Viernes Santo, abrazado a su Cristo Moreno; de un pueblo que consternado asiste a la evocación del Drama del Calvario presenciando, con lágrimas en los ojos, la ceremonia del Descendimiento de Cristo; de un pueblo que en el atardecer del Viernes Santo, después de la impresionante Procesión del Silencio, se acerca al Santísimo Cristo Difunto para besar sus Llagas, transido de ternura, antes de encerrarlo en el Sepulcro, como las besaron en el Calvario los leales que acompañaron a Jesús en la hora tremenda de la prueba, de la humillación y del Martirio; de un pueblo que por imperativos religiosos y por su hispánica estirpe no podrá olvidar a la Bendita Mujer que unió sus lágrimas y sus dolores a los martirios del Hijo divino, fruto de sus entrañas virginales, y dedicará la tarde del Sábado Santo, que es día de luto, a la Soledad de Nuestra Señora ofreciendo a la Reina de los Mártires, a la hora en la cual la naturaleza llora porque se ocultó el sol tras un alto picacho y derramó el cielo lágrimas luminosas en la altura, un Acto de piadosa condolencia que prepare y disponga en nuestras almas una resurrección espiritual para unirnos a Cristo resucitado, a Cristo que es la Vida, a Cristo poseedor de la única Verdad que liberta y del único Amor que diviniza.

Si buscásemos otro punto de mira para justipreciar la Semana Santa lagunera, lo espectacular, tendremos necesariamente que aceptar su indiscutible primacía. Surgirán las Penitenciales Cofradías en número de ocho o nueve, como místicas pasionarias adornando los tronos de plata repujada que nos legaron nuestros abuelos; presentarán, juntamente con antiguas y venerables Cofradías Marianas y Hermandades Sacramentales, a la pública veneración las dolientes y sangrantes figuras de Jesús y de María, artística creación de la gubia de nuestros imagineros y dándole austerísima y recogida escolta con ellas desfilarán por calles y plazas, saturadas de público, en medio del armónico clamor de los coros religiosos que multiplican su presencia durante la Semana Mayor, transformando la Ciudad en Místico albergue y nuestros corazones en ángeles lampadarios que con la luz de la Fe, el impulso de la Esperanza y el fuego del Amor buscan derroteros de cielo y empresas de Eternidad.

 

San Cristóbal de La Laguna a 22 de Marzo de 1956.

José García Pérez

Párroco de Sto. Domingo de Guzmán, de La Laguna.