Sobre la Cofradía de la Sangre

Enrique Romeu Palazuelos

Me quiero imaginar ahora, cuando evoco los antiguos esplendores de la Cofradía de la Sangre de Cristo o de la Cañita, a don Juan Núñez de la Peña, su defensor, en los años finales del siglo XVII… Y me lo imagino ansioso de luz, casi en vísperas de quedarse ciego, garrapateando con letra inconfundible, detalles de la entonces fastuosa e importante agrupación piadosa lagunera…

El viento, la lluvia, el sol, hacen hoy de las suyas en los viejos muros y en las quebrantadas losas, “donde crece el amarillo jaramago”, de la Iglesia de San Agustín, que se perdió en el incendio de hace unos años… Sus llamas espectaculares y fuego devastador, se llevaron, no sólo la imagen titular de la cofradía, sino también otras muy interesantes que en el templo se custodiaban, el Cristo de Burgos, la Virgen de la Cinta, Santo Tomás… En la iglesia, toda ella historia de La Laguna, esperaban la aguda cita de la trompeta del Juicio Final, famosos héroes que hicieron de la ciudad adelantada, una entidad importante: Jorge Grimón, bajo su negra lauda con dragones, los marqueses de Villanueva del Prado, don Benito, el de las armas y don Alonso el de las letras; los condes del Valle de Salazar y también los huesos de don Juan Núñez de la Peña…

Tienen lágrimas las cosas, dijo hace siglos un poeta; lloran lágrimas y tristeza y sugieren desgracias o alegrías. He visto en la vieja Colegiata de Villagarcía, en la Tierra de Campos de Zamora, los jirones de las antiguas banderas que ondearon en Lepanto, ante los ojos de don Juan de Austria, Doria, Colonna y Cervantes, cayendo sobre las losas, como mariposas moribundas. De la iglesia de San Agustín, siento el llanto continuado de su ruina silenciosa y el latir de los huesos que han surgido de los rotos sepulcros.

Imagino, imaginando a don Juan Núñez de la Peña, las ceremonias que él refiere se hacían allí, cuando la imagen del Cristo, presidía los actos solemnes de la hermandad. Todo ello y mucho más, está en unas páginas, unos cuadernos mal cosidos, que el historiador y Lordelo y Laysequilla, fueron escribiendo y se conservan en la Biblioteca de la Real Sociedad Económica… Hacen esas anotaciones una historia viva que eriza nuestra sensibilidad, con la certeza de su testimonio: “Esa cofradía no está sujeta a Visita Ecleciastica, escribe uno, por haber sido instaurada antes del Concilio de Trento”. Antes pues de 1545. Pero esa historia nos plantea también unas incógnitas. ¿Quién hizo, de donde vino la imagen? Y aunque esto sea difícil de averiguar, todavía quedan preguntas, tal vez sobre cosas mas recientes, que no tienen respuesta.

Con fecha de marzo, uno de 1698, aparece la siguiente nota: “A V.S. hago memoria de las alhajas y menudencias que son de la Cofradía de la Sangre, que dicho día me entregó el Sr. don Joaquín Palacio […] Prioste a quien sucedí en dicha cofradía y del aumento de otras y disminución de las que tenía”.

“La cruz de plata y lámpara y diademas del Santísimo Cristo, estan en la sacristía, y la lámpara en la capilla y la diadema puesta en el Santísimo Cristo, se me entregó y los dos angeles en dicha capilla; dos frontales, uno dorado y otro negro, un palio con seis varas, dos velos, uno negro y otro colorado, dos estandartes, uno colorado y otro negro, un paño de bucaxan, una sobre mesa pequeña y dos velos de clarín en el nicho. Otro que no sirve, en el cajón, un cojín de damasco y unas puntas a los piés del Santísimo Cristo, las cubiertas de las andas y de las gradillas […] de la peana de la cruz y brazos, todo me lo entregó y está en ser, menos el estandarte negro de que se hizo un velo, ya que el que tenía no sirvió y el estandarte no servía por indecente, y está puesto en el altar del Santísimo Cristo y lo demás en los cajones y en mi poder, que entregaré”.

“La Magdalena, desnuda y sin pelo está casa de las de Preciado, y la peana de la cruz y demás, estan en el cajón que son las que han quedado y dos ramos viejos, de los que se me entregaron, que casi no sirven y nada de esto se ha podido aumentar y solamente dieciséis ramos para las andas, que dió de limosnas mi comadre la mujer de mi compadre Juan Roberto… en cuyo poder están”.

“Las andas que se me entregaron son en palo y hoy están doradas a mi costa y de dicha cofradía, que me debe el costo de dorarlas, de qué daré cuenta, la mesa grande del trono, dos palos y brazos de las andas en dos colores en mi tiempo, cuatro báculos nuevos que hice a costa de la cofradía, porque no hallé ninguno y están dorándolos y los cuatro pilares…”.

La nota se interrumpe al final de hoja y no continúa. Nos quedamos a media miel. Pero hay otra, sin duda posterior, por el estilo de la letra, que nos completa el esquema. Dice, “Memoria de las santas imágenes de esta cofradía, donde están y quien las viste”.

“La Cruz de plata en la Sacristía de dicho convento de San Agustín, el Santísimo Cristo coronado de espinas en la capilla de la Sangre de dicho convento, la Santa Imagen de N S. de los Dolores, en casa del capitán don Joaquin de Palacios;

San Juan; lleva la pluma; en casa del maestro de Campo don Pedro Tomás Baulén.

San Pedro; la columna; en dicha casa.

San Andrés; la cruz; en casa de L. […] Delgado.

Santiago Mayor; los clavos; en casa de don Carlos de Briones.

San Felipe; el martillo; en casa de don Joaquín de Palacios.

San Bartolomé; un azote; en casa del Sargento Mayor don Gaspar Guerra.

San Mateo; las tenazas; en casa de don Juan Machado Fiesco.

Santo Tomás; un azote; en casa del marqués de Villanueva del Prado.

Santiago menor; la corona; en casa de don Joaquin de Palacios.

San Simón; la lanza; en casa de don Mateo Fonseca.

San Judas Tadeo; la esponja; en casa del Licenciado don Francisco García Sánchez.

San Matías; la escalera; en casa de Juan de Frías.

La imagen de la Magdalena, que dicen de Reina, en casa de los Priostes y Procuradores de Fiesta de Cruz, y los dos estandartes de la misma suerte”.

O sea que la imagen del Cristo de la Cañita, iba escoltado por la Dolorosa, María Magdalena y los apóstoles y cada uno de éstos con una de las insignias de la Pasión.

Y, yo me pregunto: ¿dónde está todo eso? Algo no puede haber desaparecido. Maravilloso puede ser, que al cabo de casi doscientos años, tan solo falte en la Económica, algún manuscrito, más difícil es, aceptar aquellas faltas. ¿No serán meros cambios de destino? Obvio es pensar que su ignorancia nos hace más inexplicable la situación. ¿Quién podrá pensar dentro de poco tiempo, si no se remedia, que unos huesos que estaban o están bajo el coro de la también ruinosa Iglesia de la Concepción, en un pequeño cuarto al que se entra por una puertecita frente al Altar de Animas, son los restos humanos del cronista e historiador José Rodríguez Moure? Tal vez estén en trance de desaparecer…

Cae el silencio sobre las cosas inertes, silencio de dolor y de olvido, preludio sin remedio de su destrucción. ¿Quién habla ya, quien recuerda a los Priostes que convocaban las Juntas de la Hermandad a toques de campana o preparaban las mesas petitorias en el Jueves Santo? ¿Quién a los monigotes, hombres después, sastres, latoneros, herradores, que movían a compás los turíferos esparcidores de humo oloroso en el lento caminar de la procesión?

De sus cenizas como el ave fenix, nació, gracias al decidido afán de una ilustre personalidad lagunera, una nueva imagen del Cristo de la Sangre, la dedicación de una Junta, produjo la renovación de los enseres, canastilla, cuelgas, estandarte…

Todo esto surge en la Semana Santa de La Laguna, de hoy, como una continuidad, como pudo estar a través de otros modos y otros paisajes urbanos en la de hace 300 años. Por eso estas notas apresuradas, apretujadas de ideas, llenas de emoción, tienden a expresar un homenaje a tal continuidad humana, cabalgata, procesión, desfile, caravana de hombres de Aguere, que siguen animosos, salvando obstáculos, incendios, pérdidas, desapariciones, la luz de una estrella.

 

Enrique Romeu Palazuelos